02 – A través de la Pampa

Sudamérica es lo más parecido a una chica hermosa que no deja de mandarse cagadas. Durante épocas intermitentes se siente subyugada por el poder del macho de turno, Estados Unidos, que lo único que pretende es llevársela a la cama. Cuando Sudamérica se cansa de la violencia doméstica y continental aparece Europa, el galán seductor, el hombre sensible que la lleva al cine y a cenar para arrastrarla finalmente, de nuevo, a la cama. Como decían en una película de Fernando Trueba de los años 90, ‘por favor, si me vas a follar, por lo menos tratame bien’.
Puede que no sea su culpa, puede que sea necesaria una revolución para que Sudamérica tome las riendas de su vida y deje de pagar el derecho de pernada impuesto por las elites económicas. Puede que el cambio esté en marcha o puede que el retorno al populismo y el nacionalismo sólo sea una rabieta, el cambio periódico en el poder entre la derecha y la izquierda. Puede que todo sea maquillaje y siga importando más el dinero que la gente.
Puede que Sudamérica, esta novia de todos, esta puta de turno, vendida por presidentes sin escrúpulos y sindicalistas que sólo pretenden una casa más grande, no tenga remedio. Mientras comenzamos a recorrer sus piernas vuelvo a enamorarme de su rostro salvaje, de sus imperfecciones, de su humanidad, de los impulsos que la llevarán, inevitablemente, a mandarse cagadas.
Argentina, que también es Sudamérica, corre a noventa kilómetros por hora tras la ventana de la furgoneta. Ahora lo importante es alejarnos de la Pampa monótona e infernal cubierta de filetes de ternera. Los últimos meses, sedentarios, aumentaron nuestras reservas de grasa hasta límites casi inmorales. Hay que volver a la ruta, susurraba mi cerebro mientras el cuerpo dormía, escribía o se atiborraba de carne.
Esos días conocimos una pareja que no podía comer un churrasco. Miraban el plato y recordaban los ojos tiernos de una cabeza suave y peluda que mugía de placer. Y nada, ni siquiera la necesidad de proteínas podía variar su disgusto. Y como las vacas y caballos que los rodean en su campito, se convirtieron en herbívoros. Pero no, esa no es una alternativa.
Entonces salimos. Hoy avanzamos sobre una ruta llena de líneas que cubren el asfalto que alguien desenrolla a lo lejos. Al fondo se ve mojado, pero cuando aplastamos su piel áspera sólo encontramos líneas blancas intermitentes u otras amarillas que mueren cuando aparece el horizonte. También hay líneas negras de goma quemada que terminan en una zanja o en lágrimas de vidrio templado reciente. De momento la carretera está en paz, tan sólo algún camión prepotente interpreta la pintura como señales de guerra y se lanza en una carrera desenfrenada por llegar quince minutos antes.
Junto a la carretera un grupo de cuises se burlan de un perro flaco y hambriento. Esperan su embestida y lo evitan a último momento. Más allá, un buitre abandona los huesos podridos de un perro atropellado. Otra libélula se estrella contra el parabrisas y se convierte en mayonesa. Las casas, sencillas, se apostan junto a los campos de trabajo. Hay de barro, de ladrillo a la vista o recubiertas de estuco, con techo de tejas, cinc o paja. Junto a casi todas las puertas hay matas apestosas de ruda para ahuyentar los malos espíritus.
Las llanuras argentinas invitan a poner el piloto automático. El cuerpo conduce y la cabeza se entretiene jugando con las palabras. Sudamérica es el disfrute contra el racionalismo europeo y el dinero como objetivo norteamericano. Sudamérica es el baile, el fútbol, la siesta y los corazones tatuados en la piel. Sin duda hay excepciones, el Pacífico peruano-chileno-boliviano siempre me pareció distinto, más frío que el Atlántico brasilero-venezolano-colombiano.
Sudamérica es un reino de taifas, del subdesarrollo premeditado, de lo que aún no fue, de la promesa eterna y de los genios en actividades tan inútiles para el progreso de la humanidad como el fútbol. Sudamérica es Tierra del Fuego, Patagonia, el desierto de Atacama, el Chaco, los Andes, el Amazonas, el Orinoco, Rio de Janeiro, Buenos Aires, Maradona y Pelé. Sudamérica es la inspiración del Che Guevara antes de que se convirtiera en una camiseta. Sudamérica va a ser nuestro mundo injusto e imperfecto durante 2007.
Espero que estas llanuras tan, tan llanas, terminen pronto. Saludos desde la ruta.
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01 – De Buenos Aires, hacia Alaska
Hoy hace tanto calor que el asfalto se pega a la suela de las zapatillas. Las vacas se amontonan bajo las sombras amarretas de los pocos árboles que quedan en pie en la interminable, insoportable llanura pampeana y hasta el descamisado más pobre se rindió ante la evidencia: este año, los mediodías sólo existen para los suicidas. Por eso los policías que controlan la frontera entre las provincias de Buenos Aires y Santa Fe decidieron hacer turnos de veinte minutos. Mientras dos mojan las sobaqueras del uniforme controlando la ruta y el reloj, los otros dos toman mate bajo una sombrilla, junto a su patrullero. Treinta y cinco grados a la sombra, aseguraron por la radio. El terremoto que provocó el tsunami de diciembre de 2005 debe haber movido los trópicos hacia el sur.
Nada, nunca pasa nada. Los ladrones de coches ya saben que allí hay un puesto fijo y lo evitan religiosamente, no sea que en la lotería del destino les toque un policía honesto. Los jefes tampoco organizan inspecciones sorpresivas en otras curvas de la ruta. Por eso nada, nunca pasa nada. Todos mantienen el status quo.
En los meses posteriores a la dolorosa crisis de fines de 2001 en la ruta sólo veías camiones, autobuses y camionetas manchadas de barro, los coches particulares casi no salían de las ciudades. Afortunadamente la situación se estabilizó y el gobierno decidió anclar la economía en la realidad: un peso no puede ser un dólar, Argentina no es Estados Unidos.
Las suelas de los zapatos del policía gordo se resisten a despegarse del asfalto. Los vehículos aminoran la velocidad y pasan el examen desganado de la sospecha. Uno, dos, tres, pasan de largo. Aquel aparece blindado, aislado del infierno en una cápsula de aire acondicionado. A esos da gusto detenerlos y hacerles bajar la ventanilla para pedirles los documentos.
Entonces, en el horizonte aparece una especie de mosca verde con ruedas. Tiene la panza plateada y parece rebotar con las arrugas de la ruta. Es una furgoneta, no puede estar bailando. El policía mira la hora, faltan cuatro minutos para ir a tomar mate. Observa que la patente es blanca, extranjeros, aire acondicionado fijo. Junta las piernas frente a un cono anaranjado, levanta la mano e indica el arcén. Lo hace todo en un solo movimiento acalorado, lento, tai chi en la ruta.
- Buenos días –saluda cambiando la sonrisa por un rigor mortis facial. Estos gringos llegan con la ventana baja, maldición, sobre la chapa podría hacer huevos fritos.
- Buenos días –responde el tipo que conduce, barba de chivo y pañuelo de colores en la cabeza.
- Permiso de conducir y papeles del vehículo por favor. ¿De dónde vienen?
- ¿Ahora? ¿O antes?
El policía deja de observar a la mujer sentada en el asiento del acompañante que baja el volumen de una música que parece gitana, y vuelve sus ojos cansados al conductor. Hace calor, tiene sed y detuvo a un hippie que hace preguntas estúpidas.
- Ahora venimos de Buenos Aires.
- ¿Adónde van? –repite por vigésima vez en el día, mientras recibe un carnet de conducir de cartulina rosa y despliega un papel blanco, un permiso de importación temporal.
- A Alaska.
Dos segundos de delay después, el policía se separa de la furgoneta y calcula. El calor es insoportable, a él también le gustaría estar en Alaska. Pero no, en una ventana hay una lista de países, España, Francia, Suiza, comienza a leer.
- Turquía, Siria, Egipto, Sudán, Etiopía, Mozambique… ¿Usted estuvo ahí?
- Sí, los tres.
El tipo de uniforme estira la cabeza pero no ve a nadie más.
- Nosotros dos y la furgoneta, los tres cruzamos África. Y ahora vamos a cruzar América. Hasta Alaska.
- ¿Con esto? ¿Y sin aire acondicionado? –pregunta señalando a la Mitsu. –Usted está loco.
Vaya novedad. Me llamo Pablo, mi chica es Anna la catalana y el 20 de junio del año 2000, día de la bandera de nuestro corazón, salimos de Barcelona, España, con la idea de dar la vuelta al mundo. El proyecto era volver al lugar de donde partimos cuatro años más tarde, pero cuando lleguemos ese sitio ya no será el mismo. Y nosotros tampoco.
En los últimos seis años y medio recorrimos el sur de Europa, Oriente Medio, África de norte a sur y cruzamos el Océano Atlántico en un barquito de pesca. Veintitrés días, demasiado. Luego viajamos desde Ushuaia a Belem, donde desemboca el Amazonas, y atravesamos toda la ruta Transamazónica hasta la selva boliviana.
En este tiempo pasaron muchas, muchas cosas: se nos rompió el motor en el Sahara sudanés y junto al lago Turkana en Kenia, a ochocientos cincuenta kilómetros del mecánico confiable más cercano. Nos persiguieron elefantes y nativos armados con escopetas y palos. Entramos a la cueva del ébola y compartimos la vida cotidiana de decenas de familias de todos los orígenes, culturas y religiones posibles. En el altiplano boliviano se nos congeló el motor. En un minipueblo del desierto de Atacama elegimos al peor mecánico del mundo para desarmarlo y, después, ya no supo cómo volver a poner las piezas en su sitio. Un desastre. Nos picaron pulgas, garrapatas, mosquitos, tábanos, jejenes, putsy flies, tsé tsé, avispas, arañas, chinches, medusas y algún otro bicho aún no clasificado por la biología.
Ahora, hoy, el policía mira su reloj y se da cuenta que toca estar a la sombra. Pero no importa. Alaska, que lindo sería estar allá.
Entonces me devuelve el carnet de conducir de cartulina rosa, el papel de aduanas que certifica que la furgoneta no es una inmigrante ilegal en Argentina y, antes de alzar la mano para dejarnos continuar, dice
- Que tengan suerte. Creo que la van a necesitar.
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