11- El asalto

23 Abril 2007 at 0:35 (Rodando por Sudamérica) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , )

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Cerca de Recife, Brasil, 28 de abril de 2004

- ¿Qué estás escribiendo? –pregunto a Anna, que dibuja garabatos sobre la arena.
- ‘Spray de pimienta’. Antes escribí ‘policía caca’ y ‘conchasumadre’. Y dibujé la faca.

Hay días en que todo comienza mal, sigue mal y termina mal. Es una condena que se yergue sobre cualquiera, y no es necesario que caiga en 13, ni martes ni viernes. Puede ser un día cualquiera, normalmente es cuando menos te lo esperas. Pongamos, un diecisiete de abril, sábado.
Ese día decidimos abandonar Recife después de una semana holgazaneando entre cines, librerías y bares populares de jugos naturales y cervezas. Llueve tanto como los amaneceres anteriores y la humedad y el calor hacen que la ropa se pegue a la piel y nunca, nunca es agradable.
Cuando arrancamos el motor, en el estacionamiento de la Pousada París, el acelerador se queda pegado en las 3.000 revoluciones. La única manera de hacerlas descender es sacando la llave. Levanto el asiento y busco el cable del acelerador, está atascado. Comienzo a masturbarlo, tiro de él hacia delante y hacia atrás para desatascarlo de su funda de plástico. La furgoneta tiene el mismo motor que el Mitsubishi Montero, un modelo llamado Pajero en los países no hispanos.

Quince minutos más tarde partimos hacia Olinda. En los últimos días nuestro humor empeoró. Si bien no habíamos llegado a la confrontación abierta, cada respuesta que nos damos expresa una cierta mala leche. Y la persecución bajo la lluvia de los buscadores de turistas no nos ayuda.
- ¡No! ¡No queremos guía!
Pero el chico continúa corriendo junto a la puerta de la furgoneta por el medio de la calle. Y cuando se cansa aparece uno nuevo que lo releva. Ayer salió en el periódico que el 53% de los habitantes del estado de Pernambuco vive bajo la línea de pobreza. Lo peor que puede pasar aquí es estar de mal humor y responder peor a la persona equivocada.

Buscamos el Forte Orange, un fuerte holandés de paredes negras y cinco torres en la isla de Itamaracá. Es el paraíso del turista, siempre hay alguien dispuesto a convertirse en tu esclavo y cumplir tus caprichos por algo de dinero. No mucho. Antes del anochecer nos instalamos frente a la playa, junto al fuerte que nos parapeta del viento y de los amaneceres que comienzan a calentar la furgoneta a las cinco y media de la mañana. No hay un sitio más hermoso a la vista.
- ¿Hay algún problema en dormir aquí? –pregunto al guardián del fuerte.
- No, aquí ninguem meshe… nunca pasó nada

Poco a poco las sombras se adueñan del paraíso y las pocas personas que quedan terminan por esfumarse. A veinte metros se distingue la figura de un vigilante y sombras, fantasmas furtivos que se dirigen hacia algún lugar. Todo tranquilo.
Hago café. De pie, junto a la puerta abierta del copiloto, comienzo a apuntar los datos del día sobre el asiento: lugar, punto GPS, kilómetros recorridos, cuánto dinero gastamos. Cuando estoy acabando un destello plateado se desliza bajo mi garganta.
Instintivamente levanto la mano para apartar con suavidad la faca, el machete, la panga de treinta y cinco centímetros de hoja que aún no he visto mientras pienso en Anna, que me gasta una broma de mal gusto para que solucionemos nuestros problemas.
- ¿Qué hacés?

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Vuelvo de tomar una ducha en la playa. Pablo está inclinado sobre el asiento anotando datos en la libreta. Hay un poco de viento y aún estoy mojada, entonces entro en la parte de atrás de la camioneta para secarme y refugiarme del frío. Me siento y tomo el primer sorbo de café. De repente oigo a Pablo que dice ‘¿qué hacés?’ y cuando levanto la vista sólo puedo distinguir su cabeza y otra más pegada a la suya. Hay algo anormal en la situación. No conocemos a nadie en el lugar, nadie con la suficiente confianza para tenerlo tan cerca. Algo va mal, muy mal.

Entonces siento que la mano que quiero apartar no se aparta y que otra mano me sujeta el cuello con fuerza. Por el rabillo del ojo detecto otra figura que no es Anna junto a la puerta de la furgoneta. A partir de ese momento el tiempo comienza a transcurrir en otra medida.
- Tranquilo, tranquilo –creo que dice alguien.
Pero aún no sé lo que pasa. No soy consciente que tengo esa hoja en el cuello. Sólo siento la oscuridad, algo anormal está sucediendo. Siempre había dicho a mi madre que en caso de ser asaltado entregaría lo que me pidieran. Pero eso no está ocurriendo. Quizás porque yo aún no sé que estoy siendo asaltado, nadie me ha mostrado el arma, el cuchillo, la faca, el machete y ha amenazado con pincharme. Nadie dijo ‘arriba las manos’, ‘esto es un asalto’ o ‘soltá la pasta gringo’. Simplemente me pusieron un destello plateado en el cuello y mi cuerpo, mi instinto, actúa como si fueran a degollarme.
Me tiro de espalda, hacia atrás, y mientras sostengo la mano que intenta apoyar el filo en mi cuello, golpeamos contra el muro del fuerte que nos protege del viento.

Suelto el vaso de café y agarro el spray de pimienta, que habíamos dejado a mano unos minutos antes. Abro la puerta y alargando el brazo hacia delante, empiezo a rociar al hombre que está de pie, casi tan sorprendido de verme como yo de verlo a él, pues yo no sabía que había alguien más aparte del que estaba sobre Pablo. Le rocío la cara con spray y seguidamente rocío al otro y a Pablo también, pues están los dos muy pegados el uno al otro. Ahí me doy cuenta de que tiene un cuchillo, y que el cuchillo está en el cuello de Pablo.
Tengo miedo. Por un momento pasa por mi cabeza la imagen de los asaltantes desvalijando la camioneta, de Pablo y yo muertos. Entonces, el hombre que está de pie, el que no lleva machete, me agarra del pelo y me arrastra hacia la parte trasera de la camioneta.
De repente, ya no veo a Pablo ni al tipo del cuchillo. Me resisto a dejarme llevar, pero la tal como me tiene pillada del pelo no puedo hacer otra cosa que retorcerme y gritar. El guarda de los botes no está lejos y quizás me oiga. SOCORRRRROOO! SOCOOORRROOO!!!! AYUUDAAA!!!

Caemos contra la pared, que no se mueve, consigo sacar la faca de mi cuello y comenzamos a forcejear en la línea de luz y sombras que corta la playa. Escucho que Anna grita pidiendo socorro y entonces yo también grito. Ni ‘socorro’ ni nada, es un ‘¡AAAAAHHH!’ prolongado y neanderthal que repito dos y tres veces forzando las cuerdas vocales. Pero eso no hace que el hombre suelte el machete, que se estira hacia mí. Hay una mano en mi cuello. Con una mano sostengo su brazo, con la otra intento arrebatarle el machete y con la boca grito. Todo ocurre en una medida de tiempo distinta, es la rapidez de la desesperación, también es la eternidad. Entonces me doy cuenta que todo forcejeo es inútil, que Anna ha dejado de gritar y que el empate es imposible. A esa altura, si ellos ganan, yo pierdo y guardo el destello plateado en una funda de piel. Entonces dejo de gritar, acerco su antebrazo a mi boca y muerdo hasta sacarle sangre y el machete.

Grito tan fuerte que no oigo los gritos de Pablo. No sé si asustado por los gritos, por el picor del spray, mi resistencia o qué, el asaltante me suelta y sale corriendo en dirección hacia el mar.

Apenas se le cae de la mano sale corriendo hacia la oscuridad. Yo me agacho, lo levanto y corro hacia la furgoneta a buscar a Anna. ¿Estás bien? Saltamos a los asientos, enciendo el motor y arrancamos hasta un puesto policial que habíamos visto a doscientos metros. Está vacío y cerrado. Allí no trabajan los sábados por la noche. Entonces me doy cuenta que me pican los ojos, que me pica toda la cara.
El guardia de un predio cercano llama a la policía, que llega treinta minutos más tarde. Cuando llegamos a la comisaría están viendo el culebrón de las siete y media a todo volumen. A nadie le importa lo que nos ocurre, sólo importa lo que pasa en la pantalla. Toman algunos apuntes imprecisos y se quedan con la faca que ahora nos pertenecía, la que me habían puesto en el cuello.
- ¡Ahora es nuestra! –insisto a los policías que me miran incrédulos y molestos. –¡Intentaron robarnos, yo se la quité, ahora es nuestra!
Pero nada, ahora es de ellos.

BALANCE
Los asaltantes: – 1 machete
                           + 1 mordisco
                           + pimienta pa’la cena

Nosotros:          + 1 susto que te cagas
                           + dos cortes superficiales
                           + pimienta pa’la cena de Pablo

La Policía:         + 1 machete

Ahora ya estamos bien. Yo sigo viendo sombras que se mueven y hasta me sobresalto con las hojas mecidas por el viento, aunque menos que las primeras noches. Lo que más me asusta es nuestra reacción. Antes del asalto hubiera jurado que entregaba el dinero, las llaves de la furgoneta y que ellos se encargaran de las reparaciones de ahí en adelante. Pero no ocurrió así.
También es cierto que los asaltantes nunca dejaron sus intenciones claras. Malditos amateurs. Yo, si me encuentro con un cuchillo mudo en el cuello, voy a pelear por mi vida. Y les aseguro que la fuerza de la desesperación es más fuerte que un negro de metro ochenta con una hoja para pelar tiburones.
Lo bueno de estar en el filo es volver a palpar ese hecho tan extraño de estar vivos, sentir las cosas que tenemos y las cosas que nos faltan. De momento, todo es muy frágil y dejamos de discutir por tonterías.

 

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Y si vives lejos de Madrid o Barcelona, o estás en algún lugar de Argentina, escríbenos a viajeros4×4x4@yahoo.com.

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10- Por fin, la enfermedad!

16 Abril 2007 at 16:33 (Vamos hacia Alaska!!!) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , )

 

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Y entonces sucedió. A partir de ese momento algunas preguntas encontrarían una respuesta distinta. Ya no sería ‘tenemos un estómago de fierro, acostumbrado a beber el agua de todos los pueblos y a comer lo que nos sirvan en las paradas pobres junto a las carreteras’.

-         ¿Qué hacen cuando se enferman?

 

Curiosamente, el sitio en donde la furgoneta había sufrido su peor apendicitis, su peor paro cardíaco, se convirtió también en el origen de la cadena que cambió la respuesta y nos envió al hospital.

Diego de Almagro, antes Pueblo Hundido, de siete mil habitantes, rodeado de minas de cobre y oro y desierto, tiene una carnicería que vende unas patitas de chancho deliciosas. La poca carne, el cuero mal afeitado y el cartílago blando sumergidos en la pócima picante secreto de alguna viejita bruja, convierten a una burda calabaza en un descapotable. Incluso el carnicero nos recuerda, pocos extranjeros sobreviven treinta días en Diego de Almagro y, además, vuelven.

En fin, cargamos cincuenta litros de agua potable, compramos pan para una semana, dos botellas de vino, unos chorizos, morcillas, un pack de cerveza, galletas dulces, las tentadoras patitas de chancho y partimos hacia el desierto. En Chañaral, un pueblo antes, habíamos conseguido combustible a precio camionero, un tercio menos que en las estaciones de servicio. 

-         Es bueno, no te preocupes –asegura Alberto, uno de nuestros tantos amigos mecánicos desperdigados por el mundo, después de degustar un trago del diesel que chupa por una manguera del tanque de combustible de un camión. –Estos ahorran combustible en las bajadas de la ruta. Ponen el motor en punto muerto y se dejan caer. Es ilegal, pero así gastan menos petróleo y consiguen unos pesos extra.

 

Cargados con todo lo que necesitamos para una semana de aislamiento, partimos hacia el interior del desierto de Atacama. El camino, de ripio, está mucho mejor que un año atrás. Una nueva compañía minera alisó los primeros ochenta kilómetros hasta Altamira. A partir de allí hay que bajar la velocidad, la calamina es capaz de elevar el estómago a la cabeza y dejar el cerebro en el sitio del hígado.

A principios del siglo veinte Chile era el principal productor de salitre del mundo, un compuesto necesario para la elaboración de la pólvora y para abonar los campos. El negocio acabó tras la Primera Guerra Mundial, con el descubrimiento de un compuesto sintético elaborado en laboratorio. Y allí, en medio de la nada, quedaron los restos de las oficinas salitreras, pueblos mineros abandonados hace ochenta años.

Aquí se encuentra el alimento de mi primera enfermedad, el coleccionismo de botellas antiguas. Ubicamos un pueblo abandonado, recorremos los restos de las calles escoltadas por paredes desmoronadas, encontramos el basural, saco la pala, me cubro la boca y la nariz del polvo, la cabeza, los brazos y las piernas del sol, y comienzo a cavar. Muchas veces no sale nada. En pocas ocasiones encuentro una bolsa de arpillera raída con algunas botellas de 1900 intactas, sus tapas grabadas, latas de conserva y hasta paquetes de tabaco aplastados pero en buen estado.

La enfermedad real apareció al segundo día de excavación. Amanecí cansado. El día anterior, entusiasmado, había paleado arena durante más de diez horas para encontrar cinco botellas, menos paquetes de tabaco, quince tapas de cerveza idénticas y un cartel destrozado. La búsqueda de tesoros no había resultado tan buena.

-         ¿Qué te pasa? –pregunta Anna cuando vuelvo a doblarme de dolor.

-         Tengo puntadas en el estómago. Y creo que un poco de fiebre.

Con el pueblo más próximo a ciento cincuenta kilómetros, el mejor tratamiento es descansar, paracetamol para bajar la fiebre y litros de agua para compensar la diarrea. Dormito durante todo el día. Cada veinte minutos despierto con una nueva puntada bajo el esternón. ¿Será el despertar de las morcillas asesinas, después de varios días sin frío? ¿O la venganza del chancho? En medio del desierto mi cuerpo es un calentador y la transpiración que no se evapora inmediatamente empapa las sábanas. Igual tengo frío.

-         Tienes que sentirte muy mal para no estar cavando –dice Anna. –Si mañana continúas así nos vamos a Antofagasta.

 

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Antofagasta, la ciudad más cercana, está a más de doscientos kilómetros hacia el norte, camino a Alaska. Al mediodía siguiente entramos en el Hospital Militar.

-         ¿Es cierto que en Argentina tienen un solo apellido? –pregunta la enfermera.

-         Algunos sí y otros no –respondo cansado, mientras observo mi sangre en la jeringa.

-         ¿Y cómo hacen si no tiene padre? –continúa mientras me inyecta algo que me calienta el paladar, la punta de las manos, los testículos y los pies, recorriendo el circuito que hace la sangre por mi cuerpo en cinco, siete segundos. 

-         Le ponen el apellido de la madre. Uf, ¡eso quema!

Entonces entra el médico, joven, de calva franciscana prematura.

-         ¿Cómo te sientes?

-         Con calor.

-         Tienes una infección en el estómago. Vigila tu apéndice estos días. Estás en riesgo de sufrir una apendicitis. Si sientes que se pone duro, vuelve urgente al hospital.

Olvidamos el presupuesto, buscamos una habitación con baño privado y cable en un hotel y nos quedamos varios días, hasta que cesan las puntadas.

Conclusión: es peligroso enfermarse durante un viaje. Sobre todo cuando uno cambia la estrechez cotidiana de una furgoneta por la comodidad, la ducha y el televisor de un hotel.

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Si te gustan las historias ya puedes conseguir nuestro primer libro. Se llama La Vuelta al Mundo en 10 Años: Africa. Encuentra más información sobre los puntos de venta en http://viajeros4×4×4.wordpress.com/2007/02/03/la-vuelta-al-mundo-en-10-anos-africa/.  ¡También lo enviamos a todos los rincones del mundo!

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09- A través de los Andes, a 4.700 metros de altura

9 Abril 2007 at 2:05 (Vamos hacia Alaska!!!) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , )

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El otro lado de los Andes es un dejà vú de la desolación. A cuatro mil setecientos metros de altura el volcán Ojos del Salado, la segunda montaña más alta de América, parece una colina más en el horizonte. Los libros cuentan que ésta es la región más aislada y solitaria de la Cordillera de los Andes, pero prefiero que la furgo no lo sepa. Le gusta romperse en lugares así.

El desierto es hermoso, pero el aire escaso y el dolor de cabeza son apuntes dolorosos tatuados en la sien que suplican bajar. Por momentos la presión se hace insoportable, temo el instante irreversible, el estallido violento de un cráneo en un cómic: presiento un ka-boom y luego, splash!!, restos grises y rojos manchando el tapizado. Estamos tan cerca del cielo que los buitres que cruzan por delante del parabrisas parecen, ángeles.

Pero no, la vida continúa real y el viento, invisible, continúa empujándonos lejos de Argentina. No nos echa, hace lo que debe. Algunas yaretas, plantas esponjosas sólidas utilizadas en
la Puna y el Altiplano como leña, crecen como grandes piedras verdes sobre la tierra gris. Pocos flamencos rosados rebuscan en el fango de la laguna Verde algún tipo de alimento que sólo ellos pueden tragar. No me extraña que sus plumas tomen esos colores.

En medio del camino hay una barrera acostada frente a una casa verde y blanca, el primer puesto de Carabineros de Chile. En marzo el tránsito por esta frontera es escaso, cuatrocientos cincuenta kilómetros entre estaciones de servicio y tres pasos de más de cuatro mil quinientos metros. Será por eso que el único que sale a recibirnos es un pastor alemán que intenta atrapar mi antebrazo entre sus dientes. No, pichicho lindo, no, eso no por favor, no soy tu hueso. Pero insiste, salta una y otra vez inmune a la altura y yo lo esquivo y los latidos aumentan en la sien. Anna toca la bocina, maldito perro, sale el gendarme, saluda y levanta la barrera. El pastor alemán se sienta y expresa su desacuerdo dejando caer las orejas.

 

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El camino, de tierra, continúa a través de la tundra esquivando formaciones rocosas que la cortesía de algún ingeniero salvó de la dinamita. Dos estelas de polvo preceden a dos camiones cargados de piedras que avanzan por una huella que termina en la ruta, en ángulo recto. Aparte de ellos no hay nada, no hay cactus, no hay árboles, no hay ruinas de paredes de adobe, no hay animales, ni siquiera una pequeña familia de llamas, guanacos o vicuñas felices como las que crecen salvajes a lo largo de la cordillera. Sólo hay ángeles carroñeros.

No hay nada o está todo, el oxígeno frío y cortante, valioso por lo escaso, el blanco de las montañas sin nieve y las lagunas saladas y el espacio, la inmensidad de la soledad más hermosa jamás dibujada. El desierto helado a fines del verano. El viento. En lo más profundo de mi corazón soy un budista, musulmán, cristiano y judío orando para que el motor continúe marcando su ritmo cardíaco regular.

Cuando bajamos de los cuatro mil metros desaparece la magia. La furgoneta continúa echando sus habituales nubes de diesel negro mal quemado pero la luz cambia. Es menos diáfana, menos enceguecedora, nos estamos alejando del cielo. Aparecen hendiduras profundas en la meseta alta y la ruta se convierte en un camino de cornisa ancho que no deja de intimidar. Al fondo, un río seco recuerda que la caída puede ser dura. Despacio, en ésta historia aún no pasó nada.

Cien kilómetros de polvo y piedras más tarde, en Copiapó, comienzan todas las rutas que se internan en Atacama. Los amigos cuatro-cuatreros tienen las coordenadas de las huellas que atraviesan el desierto. De las que huyen del mar desde Bahía Inglesa, las que atraviesan el centro del país a través de Inca de Oro y las que suben por los Andes marcando caminos que sólo aparecen en algunos GPS. Es la tierra de los buenos y los malos mecánicos, capaces de armar un 4×4 a partir de piezas de coches japoneses, americanos y europeos y demostrar al mismo tiempo que globalización, en Sudamérica, también significa hacerse cargo de los desechos del primer mundo. Y a veces construir algo útil, como en Mad Max.

-         El texto es bonito, pero no pasa nada –me dice Anna cuando termina de leer.

-         Si quieres que pase algo, cuando recibamos los repuestos que dejamos en Santiago volvemos a Diego de Almagro. ¿Te atreves?

(para más antecedentes, ver El Peor Mecánico del mundo en http://www.4×4x4continentes.com/chile1.htm)

                                                                                fotos Pablo Rey y Enric Ferré Corredor.

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