16- Por el mal camino 3: Ratones en la furgoneta

- Anna, despierta… despierta… –susurro. –Hay algo dentro de la furgoneta…
Siento movimientos, bolsas de plástico que crujen, risas agudas y excitadas en un idioma extraño. Sospecho, deseo que no, pero enciendo la luz del techo y me siento sobre la cama intentando vencer la repugnancia. Junto a la cesta de los libros, a escasos treinta centímetros de mi cabeza, un ratón explorador se esconde bajo el asiento del copiloto. Walt Disney se quedaría congelado.
Sacudo el brazo de Anna, que se resiste a despertar. No, no es un sueño, no posee las orejas negras y redondas del ratón Mickey ni tenemos a un gato gringo que persiga a un Jerry de dibujos animados capaz de sostener una sartén. Lo que tenemos es un pequeño huésped de cuatro patas, mejor dicho, un pequeño okupa ruidoso, rápido y chillón.
- ¡Es nuestra casa! ¡Vete o alquilamos un gato! –digo estirando mi mano, que choca las etiquetas de cerveza africanas pegadas en la puerta.
Pero no me hace caso.
El ratón no tendrá más de cinco centímetros, mucho menos que los dos ingleses con los que compartimos unas horas de ron dentro de la furgo una noche fría en el sur de Chile. Entonces amanecimos bloqueando el surtidor de una gasolinera entre empleados que no querían despertarnos. Y fuimos cinco en Etiopía cuando llevamos a dos policías y a un detenido a una comisaría en Addis Abeba.
Pero no, esta vez nadie pidió permiso, nadie golpeó a la puerta toc toc y hay tantos recovecos que temo que sea imposible echarlo. Cierro la conservadora donde guardamos el queso y las frutas y recuerdo que estoy desnudo. Un poco por pudor y otro poco por instinto de conservación me pongo el calzoncillo. Los ratones pueden ser peligrosos.
- ¡Eres tú o yo, y dudo que esas patitas lleguen al acelerador! ¡Vete! –repito cuando vuelve a aparecer junto a Anna, que abre una puerta y hace ruido para ahuyentarlo.
Afuera el cielo está estrellado y las olas continúan autistas. La luz que unas horas antes nos había inquietado se muestra negra mientras el viento remece las cruces mohosas del cementerio. Es en vano, nadie se levanta. El ratón tampoco escapa, se debe sentir a gusto. Y ahora, ¿qué hacemos?
Entonces aparece un recuerdo brillante: me pongo una bolsa de plástico en la mano y, con la luz tenue de una linterna con poca pila enfocada en ningún lugar, me concentro recordando al Karate Kid. Si fue capaz de atrapar una mosca con dos palillos, yo podré agarrar un ratón con la mano.
- ¿Qué haces? –pregunta Anna, confusa.
- Voy a intentar atraparlo.
Conozco esa mirada, pero cuando la lógica se acaba igual hay que hacer algo, aunque parezca imposible. O estúpido.
- Aquí –dispara Anna.
Y sin darme cuenta activo una parte antigua de mi memoria genética olvidada desde el advenimiento de los supermercados. Mi brazo se convierte en un látigo y antes de darme cuenta siento un peluche tibio en la mano. ¿Qué hace allí?
- ¡Abre la puerta! ¡Abre la puerta! –repito incrédulo antes de convertir al ratón explorador en un ratón volador. Super Ratón. No veo donde cae, pero espero que no vuelva.
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Es difícil volver a dormir. La intrusión de un animal en un espacio tan pequeño deja el estómago revuelto. Cada tanto aparece una araña o alguna abeja perdida que se desvía de su ruta para entrar a la furgoneta por una ventana abierta como un proyectil. Son momentos raros, de frenar rápido y detenernos en el arcén para evitar una picada dolorosa a noventa kilómetros por hora.
¿Cuál es el mejor vehículo para dar una vuelta al mundo? Observo las estrellas acostado, a través del techo de la furgoneta. ¿Un camión blindado 4×4? No, demasiado pesado. ¿Un buggy? Demasiado inseguro, demasiados espacios abiertos. ¿Nuestra Muchobicho? No, no creo. Jodido ratón. El viento sopla con un poco más de fuerza en dirección al cementerio y mueve nuestra cama y nuestra casa. Quizás… sí, ¿por qué no? Un coche fúnebre, un coche fúnebre 4×4 con un ataúd en el techo para guardar lo más valioso. Negro, por supuesto, un viejo Valiant negro de tres puertas. Levantado, casi una limousine deluxe. Sonrío, esa es buena. Y nadie intentaria robarnos. El cuerpo se relaja, estoy a punto de morir por unas horas cuando un ruido vuelve a alertarme.
- ¿Estás despierta?
- Sí –responde Anna.
- ¿Acabas de buscar algo en una bolsa?
- No.
- ¿Los ratones son animales sociales?
- No sé. ¿Por qué?
- Me parece que no era un ratón. Era una familia. Y sólo echamos al más ruidoso.
Enciendo una luz y allí está, casi saludando. Y vuelvo a intentarlo, me siento en la postura de Buda, tomo la bolsa de plástico, aguardo con paciencia y estiro mi brazo una y otra vez pero el espíritu indomable del Karate Kid ha desaparecido. Sólo consigo acariciarles la cola. A las cinco de la mañana, una hora antes del amanecer, Anna se tapa con una sábana blanca.
- Vamos a dormir –sugiere.
- ¿Con un ratón dentro?
- ¿Les tienes miedo?
- No, pero… es que no estoy acostumbrado a dormir con ratones.
Al amanecer observamos la cocina con esperanza. Nuestros nuevos inquilinos no prepararon el desayuno. Rompieron bolsas, se excitaron con el pan y cagaron en los asientos. Limpiamos los restos de la fiesta y nos despedimos del cementerio sin saber si los ratones continúan en la furgoneta. Vaya nochecita.
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PD: Si te gustan las historias que estás leyendo puedes conseguir un libro que editamos sobre el cruce de Africa en la librería Altaïr de Madrid y Barcelona. Se llama La Vuelta al Mundo en 10 Años: Africa. Encuentra más datos en http://viajeros4×4x4.wordpress.com/2007/02/03/la-vuelta-al-mundo-en-10-anos-africa/
Y si vives lejos de Madrid o Barcelona, o estás en algún lugar de Argentina, escríbenos a viajeros4×4x4@yahoo.com.
15- Por el mal camino 2: fantasmas
(Ver primera parte en http://viajeros4×4x4.wordpress.com/2007/06/12/13-por-el-mal-camino/)
- Rey, ¿seguro que quieres dormir junto a un cementerio? –pregunta Anna, insegura a pesar de la soledad de la playa. –Me trae mala espina.
- ¿Por qué? ¿Crees en los fantasmas?
- No, pero me da mala espina.
En Perú anochece rápido. La cercanía al ecuador inhibe los atardeceres memorables, el sol se estrella contra el horizonte y la luz desaparece en poco más de quince minutos. También anochece temprano. A las seis ya no se distingue la silueta del lobo marino sin ojos que se descompone junto a la playa de canto rodado. Sólo quedan las olas que mueren en la orilla y resucitan detrás, en el acantilado. Tenemos dos oídos, la vida es estéreo.
Con las primeras estrellas abrimos una palta o un aguacate, empapamos dos panes en aceite de oliva, un poco de sal y cenamos. La vida en la ruta es sencilla, cabe en una furgoneta. Desplegamos el colchón y preparamos los cepillos de dientes. No hace frío, sólo insiste el viento que barre la tierra persiguiendo al sol y se va cuando se asienta la oscuridad. Entonces, cuando retorna el equilibrio, aparece un halo de luz blanca en el horizonte.
Lobo marino en la playa
No viene del cementerio encajonado junto a un acantilado, de allí sólo pueden acercarse los fantasmas. Estamos en el desierto, ¿quién quiere recorrer esta huella mala por la noche? ¿Para qué? El resplandor se acerca, ilumina una porción de la noche, insiste. Pueden ser bandidos, amantes, perdidos, extraterrestres o fantasmas. Quizás haya otro valle poblado por hombres humildes, con superpoderes para cultivar la arena. No nos gustan las visitas nocturnas, y menos en callejones naturales sin salida.
Los focos de un coche se recortan a doscientos metros. Subimos a la furgoneta y enciendo el motor.
- Pablo, si queríamos pasar desapercibidos ya la hemos cagado –dice Anna. –Estás pisando el freno.
Inmediatamente las luces se detienen, iluminando las rocas y el aire cargado de humedad. Los segundos se acumulan, caen uno encima del otro sin interrumpir el silencio. ¿Qué vienen a hacer al cementerio? ¿Sabrían que estamos aquí?
- Es posible que, si son humanos y no sabían que estamos aquí, también se estén preguntando por nuestras luces rojas –continúa Anna. –Ellos también pueden tener miedo, pensar que somos bandidos, amantes, perdidos, extraterrestres o fantasmas.
Las luces iluminan la bruma, el vapor provocado por olas que repiten su verso sin modificar una sílaba. Nada cambia. La espera es tensa. Buscamos los dos aerosoles de pimienta, el palo de golf y el machete para pelar cocos en Ruanda. Las bengalas están a mano. Busco sombras acercándose, ramas crujiendo, una tos disimulada. Pero no distingo nada y no se qué es peor.
Entonces las luces dan media vuelta y comienzan a alejarse.
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A las dos y media de la mañana algo anormal comienza a despertarme. Un sentido distinto que se activó al inicio del viaje se mantiene alerta mientras el cuerpo descansa y me sacude cuando las voces que deberían seguir de largo se detienen o algo roza la carrocería de la furgoneta. No duermo profundamente, pero duermo más horas, supongo que todo se compensa. Ring, sin abrir los ojos escucho y ring, hay bolsas de plástico que se mueven.
Deseo que sea otro zorro curioso o un perro hambriento o quizás un gato, como aquel que saltó sobre el techo de la furgoneta a mitad de una noche en Siria buscando la basura del día. Pero no, el origen del ruido está dentro de la furgoneta.
Recuerdo los focos acercándose, el cementerio con sus cruces cubiertas de moho, un turco gritando Messieur!, dos brasileros acariciando mi cuello con un cuchillo de pescador y tanteo la alfombra. ¿Dónde dejé el spray de pimienta? Una bolsa de plástico vuelve a sacudirse. Vaya nochecita.
- Anna, despierta… despierta… –susurro. –Hay algo dentro de la furgoneta…
(continuará)
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PD: Si te gustan las historias que estás leyendo puedes conseguir un libro que editamos sobre el cruce de Africa en la librería Altaïr de Madrid y Barcelona. Se llama La Vuelta al Mundo en 10 Años: Africa. Encuentra más datos en http://viajeros4×4x4.wordpress.com/2007/02/03/la-vuelta-al-mundo-en-10-anos-africa/
Y si vives lejos de Madrid o Barcelona, o estás en algún lugar de Argentina, escríbenos a viajeros4×4x4@yahoo.com.




