25- Viaje en balsa por el río Alto Madre de Dios 4: Encallamos!
El secreto de la felicidad es no tener miedo.
No hay nada más difícil que detenerte en la cornisa y, luego de recontar tu debe y haber, dar un paso adelante. La conciencia conservadora, tu Saddam Hussein particular, te susurrara ‘si cruzas la línea te las verás conmigo’. Pero da igual, no importa, sabes que éste es el momento de caer. Y caes.
En el vacío pierdes la tierra firme, la seguridad de las pestes cotidianas desaparece y te sumerges en un infierno encantador. Todo es nuevo, inesperado y desconocido. Es mucho y hermoso aunque arda, por momentos sientes la piel transformándose y tienes miedo. Por un momento te traicionas y te conviertes en el tramposo que olvida lo malo y sólo recuerda lo bueno de esa perra o ese perro que te hacía la vida imposible. Entonces pasa un ángel o un cocodrilo y te das cuenta que ya estás bailando, la taquicardia soberbia se eleva sobre las aristas de las piedras envenenadas y te lanzas a los rápidos que se acercan al Titanic. Si aceptas que ya estás hundido, ¿qué más te puede pasar?
El agua transparente, verde pero transparente, revela el fondo a veinte centímetros de la balsa. Piedras de todas las formas se suceden como en una granizada violenta. Cantos rodados del tamaño de cráneos sumergidos rozan la madera liviana, piedra contra corcho, el destino contra los sueños, contra la voluntad, contra la inconsciencia. Quizás…
- ¡Agárrense que nos vamos contra las piedras! –grito.
Mauro se sienta, acomoda la tangana y se agarra al portaequipajes de caña. Esto es la vida, velocidad sobre un suelo inestable, no hay tiempo para tener miedo. Ya no guiamos la balsa, la balsa avanza abandonada a los caprichos del río con nosotros remando, intentando enderezarla, paleando con fuerza y casi con desesperación mientras gira, gira, gira y se ladea y avanza de costado, seis metros de carne y madera tierna ofrecida como sacrificio a un Dios precristiano, al río que enseña los dientes, que abre la boca. Entonces aparece la piedra que apenas sobresale del agua, un cuerno, un colmillo duro que se acerca sin moverse…
- ¡Agárrense!
La balsa se sacude desnuda, dos troncos intentan separarse, el agua rabiosa se repele y estalla. La balsa es un tanque que salta al pisar una mina. Volamos sobre el río rápido y otra piedra, quizás la misma de antes, aparece delante para volver a morder. Los remos se mantienen atados y el cuerpo, acribillado de ronchas, picaduras rojas y pequeños arañazos contra las puntas de las cañas del portaequipajes, resiste emocionado. La aventura sólo es aventura cuando no estás preparado para todo, cuando hay que improvisar y aprender sobre la marcha.
Al inicio del tercer día el nombre de nuestra nave está casi borrado. Titanic se desdibuja, la madera se hunde pero vuelve a flotar, renace anónimo, como si los augurios ahora fueran buenos. El Titanic aguanta a pesar de una rajadura que recorre uno de los troncos a lo largo. Es lo que hay, mierda, es lo que hay.
Remando, remando, remando…
Troncos y golpes
A partir de las diez, once de la mañana, el sol pega fuerte y los insectos se multiplican. Tienen hambre, pobrecitos. Hay una mosquita blanca muy pequeña que ha convertido los brazos de Anna en una sucesión ininterrumpida de ronchas diminutas. También hay jejenes maquiavélicos que dejan pequeños puntos de sangre sin coagular que provocan comezón durante una semana. Son los dráculas de la selva, chupasangres capaces de dejarte vacío.
Lo que no hay son nubes, y no es fácil decidir entre el bloqueador solar o el repelente de insectos con olor a desodorante de ambientes. Mauro opta por una estrategia discutible: enseña los brazos y piernas pero no usa antibichos. Está cubierto de picaduras, como si pretendiera inmunizarse a través de la sobredosis de saliva de mosquitos y jejenes. De cualquier manera, con el próximo chapuzón, accidental o no, uno vuelve a quedar desnudo.
En medio de una calma del río aparece una araña caminando por encima del agua. En algún lugar, a la izquierda, está la comunidad de Shipitiari. Allí hablan machiguenga. Unos kilómetros después del pueblo está el Parque Nacional del Manu, con sus jaguares, pumas, serpientes y sus leyendas sobre el Paititi, el Dorado de los últimos incas. Comenzamos a palear, turnos de veinte remadas cada uno.
- ¡Asado! – empujo el remo en el agua. –¡Bife de chorizo! – palada en el río. –¡Pizza de Avenida Corrientes! –otra palada. –¡Milanesa con papas fritas! –otra palada. –¡Cordero a la cruz del Agus! –y otra palada. –¡Arròs negre con sepia! –ahora palada a la izquierda. –¡Paella de la suegra!
- Che… ¡Pará! –me dice Anna, riendo, unos metros atrás. –¿Tenés hambre?
- No.
- ¿Tienes ganas de estar en otro sitio?
- Tampoco, en este momento no cambiaría este cansancio por nada del mundo.
- ¿Y entonces?
- Disfruto pensando en lo que encontraré por ahí. Cada palada me acerca un poquito más al próximo asado… Pero bueno, mientras tanto, ¿me pasas una banana?
Gringoooooooos!!!!
La corriente lenta del Alto Madre de Dios nos arrastra entre un bosque de árboles hundidos. Todos están muertos, quebrados y grises, pero sus ramas se estiran y sobresalen de la corriente como los brazos de un ahogado. Medio metro separa la balsa del último obstáculo esquivado a último momento. Remar, hay que remar fuerte, no hay fondo. En la orilla un tapir grande y gordo sale del agua, atraviesa un cañaveral y se esconde en la selva.
Hoy es el cuarto día de río y a la izquierda se abre un brazo de unos treinta metros de ancho. El agua transparente del Alto Madre de Dios se confunde y se mezcla con el trago marrón que avanza desde el norte. Este debe ser el río Manu.
- ¡El árbol debe estar de pie! –grita Mauro hundiendo inútilmente la tangana. –¡No hay fondo! ¡Todos a la derecha!
Y remamos a la derecha para girar a la izquierda. ¡Vamos! ¡Vamos que llegamos! ¡Un poco más! Pero no, no llegamos, vamos directo hacia las ramas extendidas hacia el cielo, hacia las manos abiertas del árbol muerto, que se mueven con la corriente para atraparnos y balancearnos y levantarnos y engullirnos. Es nuestro Moby Dick de la selva.
- ¡Agárrense! ¡Vamos a chocar!
El impacto es fuerte. La corriente continúa empujando, pero ya no avanzamos. La balsa, nuestro Titanic, se ladea atrapada por el árbol muerto y se inclina unos treinta grados amenazando con darse vuelta y arrojarnos a la corriente llena de troncos sumergidos. Encallamos y no tenemos bote salvavidas. Bueno, sí, hace días que estamos en el bote salvavidas.
- ¿Lo tenés bien agarrado? –le pregunto a Mauro, que clavó las tanganas en el agua y está intentando evitar que la balsa se descontrole aún más.
- Sí… parece que sí. Pero apurate que los mosquitos me están morfando…
- Entonces aguantalo, que voy a filmar este desastre.
- ¿A filmar? –pregunta Anna espantada. –¿Ahora?
- ¡Claro! Nunca filmamos nada cuando estamos en medio de los problemas. ¿Qué más nos puede pasar? ¡Este es el Titanic! ¡Ya estamos jodidos!
Encallados y a punto de naufragar
(continúa en http://viajeros4×4x4.wordpress.com/2007/10/01/26-viaje-en-balsa-por-el-rio-madre-de-dios-el-final/)
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PD: Si te gustan las historias que estás leyendo puedes conseguir un libro que editamos sobre el cruce de Africa en la librería Altaïr de Madrid y Barcelona. Se llama La Vuelta al Mundo en 10 Años: Africa. Encuentra más datos en http://viajeros4×4x4.wordpress.com/2007/02/03/la-vuelta-al-mundo-en-10-anos-africa/
Y si vives lejos de Madrid o Barcelona, o estás en algún lugar de Argentina, escríbenos a viajeros4×4x4@yahoo.com.
24- Viaje en balsa por el río Alto Madre de Dios 3: La partida
Perú, kilómetro 157.000 de la Vuelta al Mundo
Aventura es comenzar algo sin saber dónde vas a terminar. Hoy quiero matar la noche, seguir, no sé adónde, no sé cómo, no sé con quién, hasta que la primera luz me deje ciego. Es empezar a escribir caóticamente sin saber qué quieres decir. Aventura es adrenalina y miedo, es iniciar senderos nuevos, propios, distintos. Es salir a la naturaleza sin estar preparado, es no saber si hoy o mañana vas a renunciar a tu trabajo para iniciar una nueva vida. Aventura es la duda, es abandonar la seguridad, es nacer sin habértelo propuesto, pero dispuestos a que el camino a la muerte haya valido la pena.
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A las once de la mañana la vida es perfecta, o se asemeja bastante a lo que debería ser. Empujamos nuestro Titanic al río y, partimos. Al otro lado del Alto Madre de Dios las nubes comienzan a cubrir los montes. En las riberas de arena oscura y piedras blancas, el silencio es exagerado. Estamos en la época seca y el agua del centro del cauce avanza acelerada. Los cantos de los pájaros son notas aisladas de un coro permitido, oficial, que quiebra el silencio religioso y avanza en los oídos, crece, varía y se repite en gorjeos y trinos distintos. El machete africano viaja clavado en su vaina de madera. La fuerza del río, las capas amarillas y verdes y rojo sangre de los árboles más altos se imponen en este fin del mundo.
- Ustedes son unos inconscientes –repite una voz interna, familiar.
- Sí… no… quizás… no sé… somos conscientes que asumimos riesgos, que no sabemos llevar una balsa y vamos a aprender, que no conocemos esta selva, que no llevamos guía. Pero, ¿sabes qué? Da igual.
Cinco minutos después de partir encallamos en una palizada de ramas.
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Varados en la orilla
Rápidos desde la balsa!
Mauro contando que la carpa no es para cuatro personas…
Increíble, la planta sensible
Preparando la cena en medio de la nada
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El aprendizaje inútil comienza. Ya me dirás para qué nos servirá aprender a conducir una balsa. Avanzamos por el camino de agua mientras el murmullo del primer rápido se acerca y se convierte en el grito suave e insistente de un animal salvaje que corre hacia nosotros. ¿Por dónde lo tomamos? Buscamos ramas, puntas de troncos que sobresalgan del agua, remolinos de piedras, burbujas y espuma envenenada. El río decide y nos empuja hacia la orilla erizada de pacas, cañas gordas y astilladas que defienden la selva de los intrusos.
Mauro, instalado detrás, empuja la tangana contra el suelo escondido bajo el agua intentando hacer girar la balsa. Anna y yo remamos delante, forzando los brazos dormidos para quebrar la corriente. La balsa no reacciona como un coche, es un tanque lento y pesado moviéndose sobre un río de gelatina. El agua choca contra la punta despareja de los troncos y nos empapa. ¡Vamos! ¡Vamos que salimos! La tangana se quiebra, pero ya estamos fuera del primer rápido. Entonces me pongo en pie para celebrar, resbalo sobre los troncos y caigo chapoteando como un gato al agua.
- ¡Con el sombrero mojado pareces Laura Ingalls! –ríe Anna cuando asomo la cabeza.
A medida que avanzamos el río se divide en distintos cauces y adivinar el bueno no siempre es sencillo. ¿Por dónde vamos? Somos tres y siempre hay tres posibilidades: derecha, izquierda y centro. Si el agua es muy baja, tendremos que arrastrar la balsa sobre las piedras. Si tomamos el primer desvío, la corriente del siguiente brazo nos empujará contra la orilla. Un guacamayo rojo y azul se recorta chillando contra el verde de los árboles. A la derecha aparece una pequeña plantación de bananos, una mancha en la selva gigantesca. Los colonos reclaman un nuevo territorio matando árboles y lianas con hachas, machetes y fuego.
A media tarde nos detenemos en la desembocadura de un arroyo seco y, mientras Anna y Mauro arman la tienda un par de metros sobre el cauce del Alto Madre de Dios, yo aseguro la balsa en la orilla y comienzo a hacer un fuego. Hay que calentar agua para el mate y secar el alma, empapada después de un día distinto, dentro de una lavadora. Hoy avanzamos doce kilómetros en cuatro horas. Las llamas levantan, no se ven demasiadas aves, sólo garzas y un martín pescador que flota en el aire buscando comida. Entonces Mauro no aguanta más su sonrisa.
- Ehhh… ¿se acuerdan que les dije que no trajeran la tienda porque tenía una grande, para cuatro?
- Sí
- Me parece que esa tienda la tiene mi hermana. La que traje es para dos…
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Al atardecer comienza a llover. Nos refugiamos dentro de la tienda y comienza una noche nueva, larga, incómoda, somos tres en un sitio para dos, intercalados cabeza-pies-cabeza. Tampoco tenemos colchones, también los olvidamos. Dormimos sobre el suelo duro e irregular y hace calor. ¿Cuánto lloverá? ¿Crecerá el río? ¿Renacerá el arroyo durante la noche? La ropa tendida afuera mañana estará más mojada. Encima, a la media hora descubrimos que Mauro, profunda y felizmente dormido, ronca. Eso no estaba especificado en el contrato de amistad firmado antes de partir.
En Perú las noches son largas. Estamos cerca del Ecuador y el día se reparte equitativamente entre luces y sombras. Los grillos llenan la oscuridad nueva de voces en otros idiomas. Los minutos pasan lentos y aparecen luces fuera de la tienda. Los animales no usan linternas.
Son relámpagos.
Para que una experiencia sea aventura también debe llegar el momento de la duda. ¿Qué hago aquí pudiendo estar en Río? ¿Por qué sufrimos días sin ducha, comidas rutinarias y picaduras de insectos pudiendo bailar con una caipirinha en la mano? ¿Por qué arriesgar la vida en un rápido, en una palizada o en una selva?
La respuesta llega detrás, atadita, y recita para vivir más intensamente. No es la respuesta a la pregunta de cada uno, no, no es la respuesta universal. Es nuestra respuesta. El día que uno acepta su destino comienza a envejecer, comienza a morir.
Amanece. Ya es hora de volver a la balsa. Al Titanic.
(continúa en http://viajeros4×4x4.wordpress.com/2007/09/27/25-viaje-en-balsa-por-el-rio-alto-madre-de-dios-4-ay-encallando/)
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PD: Si te gustan las historias que estás leyendo puedes conseguir un libro que editamos sobre el cruce de Africa en la librería Altaïr de Madrid y Barcelona. Se llama La Vuelta al Mundo en 10 Años: Africa. Encuentra más datos en http://viajeros4×4x4.wordpress.com/2007/02/03/la-vuelta-al-mundo-en-10-anos-africa/
Y si vives lejos de Madrid o Barcelona, o estás en algún lugar de Argentina, escríbenos a viajeros4×4x4@yahoo.com.
23- Viaje en balsa por el río Alto Madre de Dios 2: El equipo
(viene de Historia del Titanic)
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Perú, kilómetro 157.000 de la Vuelta al Mundo.
Una balsa es un medio de transporte pequeño. Y como mínimo, extraño. El único modelo que puedes tener en la cabeza proviene de las historietas, pero esas páginas llenas de dibujitos y superhéroes rojos, azules o verdes no son muy fiables. ¿En qué esquina has visto a un tipo volando o a otro que salte de edificio en edificio agarrándose a una tela de araña? Entonces, ¿cómo debería ser una balsa?
- Leoncio, ¿no habíamos quedado en que la balsa tendría siete troncos?
- Sí.
- Esta tiene seis.
El Titanic, construido en una tarde dudosamente corta, mide seis metros de largo por un metro de ancho. Tiene un portaequipajes de cañas clavado en los troncos exteriores que está atado con tiras de corteza de árbol a cuarenta centímetros de altura. Hay dos remos atados para que no se escapen y dos tanganas bautizadas James y Dean, árboles jóvenes, delgados y verdes de cinco metros de largo sacrificados en el altar de una vida más emocionante. Ahora sirven para impulsarnos empujando en el fondo del río. Y ya está, una balsa es una balsa, no puedes elegir el color ni los acabados, tan sólo el pedazo de madera que te va a servir de asiento. Es lo que hay.
- Leoncio, agrega un racimo de plátanos por el tronco que falta…
Por el Alto Madre de Dios se acerca chillando el motor de un peque peque. Son botes largos que transportan mercaderías, gallinas, personas y combustible. Los modelos con techo cargan turistas hacia el Parque Nacional del Manu. Las picadas infectadas en el pie de Mauro no terminan de curar. Desde el bosque se acerca un hombre curioso con un arco y varias flechas.
- ¿Y qué vamos a beber? Podríamos llevar un par de cajas de cerveza –sugiero.
- O una botellita de ron… o de pisco… es más práctico –afirma Anna.
- Vamos a estar entre siete y diez días en el río. ¿Nos alcanzará?
- ¡Tres gringos ebrios chocan peque peque lleno de turistas! Ehhh, Carlos –llama Mauro a su amigo quillo, también voluntario en Chaskawasy, –si escuchas una noticia así, por favor, hacé algo para sacarnos de la cárcel de Maldonado.
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EQUIPO PARA UN VIAJE EN BALSA POR LA SELVA AMAZONICA.
- 1 balsa
- 2 remos
- 2 tanganas
- 1 mapa
- Cocina con tubos de gas y mecheros
- Olla, platos, vasos, cubiertos
- Tienda
- Sacos de dormir livianos
- Bases para sacos de dormir
- Linterna frontal con pilas de repuesto
- 1 pantalón largo desmontable
- 1 pantalón largo para después de desembarcar
- 2 camisetas de manga larga
- 2 pares calcetines
- 2 calzoncillos o bañador
- Sandalias para agua
- Botas
- 1 gorra o sombrero y un buff o pañuelo para el pelo
- Repelente (uno por persona por semana)
- Bloqueador solar
- Cloro para potabilizar el agua
- 1 tela impermeable de 2 x 4 metros
- 1 bolsa estanca para equipo sensible
- Cámara fotográfica y baterías de repuesto
- GPS
- Botiquín
- Machete
- 2 cuerdas de diez a quince metros cada una
- Libros
- Cartas
- Bolígrafos y libreta
- Navaja multiusos o Leatherman
- Bolsas Ziploc
- Anzuelos y sedal de pesca
Alimentos e indispensables para 3 personas
- 7 rollos de Papel higiénico
- 2 botellas de ron
- 2 kilos de arroz
- 2 kilos de pasta
- 4 paquetes de medio kilo de salsa de tomate
- 18 huevos crudos
- 6 huevos duros para los primeros dos almuerzos
- 3 latas grandes de pescado (jurel o atún)
- ½ litro de aceite
- Sal y especias
- Sopas instantáneas
- 6 paquetes de noddles
- 1 kilo de zanahorias
- 2 kilos de tomates
- 1 kilo de cebollas
- 2 kilos de naranjas
- 2 kilos de mandarinas
- 1 racimo completo de plátanos verdes (aprox. 60 unidades)
- 50 panes individuales
- 3 paquetes de medio kilo de galletas dulces
- 7 paquetes pequeños de mermelada (1 por desayuno)
- 1 kilo de azúcar
- Leche en polvo para 10 días
- Café instantáneo, té
Cada marinero tiene su lista. El ron puede cambiar a whisky o pisco y la cocina puede olvidarse voluntariamente: si no llueve siempre puede cocinarse con fuego de leña. Uno hace listas, las chequea, pero siempre olvida algo. Esta vez, lo que faltó fue un buen mapa.
(continúa en La Partida)




