33- Recuerdos de África: Por las rutas de Etiopía

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Los campos están libres de alambradas y sólo exhiben las cicatrices polvorientas de los pasos. Hasta las colinas más lejanas aparecen cultivadas, arboladas o con pequeños rebaños de animales en movimiento. Los pastores, enrollados en un lienzo que les cubre de los hombros a los pies, los vigilan casi aburridos, apoyados con calma en varas largas. Muy pocos vehículos se cruzan con la caravana de alemanes, británicos y españoles en el camino de ripio hacia Bahar Dar, a orillas del lago Tana, en Etiopía.
En esta tierra los golpes son gratis. Los más fuertes los reparten sin previo aviso a los más débiles en cualquier esquina de la ciudad: los adultos golpean a los niños, los niños a las niñas, los sanos a los discapacitados. Son nuestros moretones invisibles. La violencia está tan arraigada que todos se extrañan cuando nos interponemos. Nuestra actitud ofende. ¿Por qué no puedo seguir pegándole, si es más chico que yo?
Afortunadamente, con nosotros sólo se mete una horda de pulgas. Deben disfrutar con nuestra sangre exótica, tenemos los pies, los tobillos y la cintura llenos de picadas rojas. Cuando se hartan de nuestra sangre, cambian de amo.
- ¿Le pueden decir a sus pulgas que me dejen en paz? –pide Arnd, alemán, cuando nos detenemos ante un río crecido. –Son suyas, yo ya tengo bastante con mis lombrices en el estómago.
- ¿Lombrices? –pregunta Anna.
- ¿No me sientes el aliento? Debo haber comido carne podrida, mal cocinada, carne pasada que tendría algún tipo de huevos de algún tipo de… ajjjj! ¡Qué asco!
- Las pulgas se fueron con vosotros porque tenéis más espacio. Yo tengo unas ampollas raras en la espalda que explotan cuando me paso los dedos –explica Anna.
- Yo también quiero quejarme –escucho a Mike, amigo y compañero de ruta de Arnd, a mis espaldas. –Hace cinco meses que duermo con este gordo que ni siquiera tiene tetas. Y encima, ¡ahora se está pudriendo! ¡Apesta!
En la orilla de la carretera los niños agitan los brazos esperando una respuesta de occidente. Algunos corren gritando ‘you! you!’ hasta que desaparecemos tras una cortina de polvo. Sus rostros brillan mientras el alma se les escapa del cuerpo y nos persigue ansiosa. A veces levantan grandes calabazas o cestas con garbanzos o trigo o tomates. Alguno nos recibe con el pulgar levantado y otro con el dedo medio sobresaliendo del puño. Dos o tres aplauden. Cuatro o cinco comienzan a bailar iskista espontáneamente.
- Cuchicamacucaracha paprumata matu! –respondo cuando me hablan en amárico. Y se quedan con la boca abierta, tan sorprendidos como las mujeres que nos descubren saludando desde la ventana de la furgoneta.
Dos hombres arrastran ramas de varios metros de largo. Una niña que no puede tener más de cinco años arrea ocho ovejas fuera de la ruta. Otra niña, aún más niña que la anterior, lleva ramas pequeñas hacia una choza circular.
Frente a una casa con techo de zinc descansa un viejo. Está a la sombra, bajo las paredes inclinadas cuarenta grados hacia la ruta, sostenidas milagrosamente por nuevos troncos. En el centro de un pueblo nos detiene una multitud que avanza despacio. Alguien ha muerto y su cadáver, envuelto en una tela blanca, es transportado sobre una camilla de hierro oxidado con una cruz en cada punta. No hay ataúd, es un lujo innecesario. Mientras esperamos, otra nube de niños nos rodea pidiendo dinero. Venden sonrisas y muñones. Algunos empiezan a limpiar la furgoneta con trapos mugrientos que sólo dibujan círculos de tierra. Es terrible, me estoy acostumbrando.
Observo el cielo, desde un avión no se ve la miseria, sólo un hermoso mundo verde. Será por eso que Dios, si existe, no hace nada…
(extracto del libro TODAS LAS VIDAS DEL MUNDO)
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Historia de los pueblos amazónicos según los Harakmbut

Esta historia la contó Walter, guía de la comunidad nativa de Shintuya, una noche a la luz de las velas en el poblado de Shintuya, departamento de Madre de Dios, Perú.
Nosotros, los Harakmbut, tenemos nuestra propia historia acerca de la creación de nuestro pueblo. Es una historia que viene de hace mucho tiempo atrás y habla de fuegos terribles e inundaciones gigantescas, como jamás se han vuelto a ver.
Cuenta la leyenda que hace mucho, mucho tiempo, hubo un gran incendio en la selva. Un incendio maligno, que avanzaba destruyendo todo y hacía huir de sus territorios a los clanes formados por nuestros antepasados. Nada se salvaba del hambre de las llamas. Los animales, los árboles, las plantas, incluso los peces del río aparecían muertos, flotando, hervidos en su propia agua.
Era horrible, el cielo se había cubierto de humo y la gente comenzó a creer que el mundo entero, la selva, terminaría envuelta por el fuego. Los soñadores de cada clan, ancianos visionarios que veían lo que ocurría en otros lugares a través de los sueños, alertaron a los jefes, ¡la selva se quema! ¡la selva se quema! Y los jefes decidieron reunirse.
Cuando se encontraron, y mientras discutían qué hacer, el soñador más importante notó un lorito que daba vueltas sobre ellos. Lo observó con más atención y vió que llevaba una semilla y una ramita en las patas. Entonces, habló.
- He soñado con ésta ave, el loro Jokma, que viene a ayudarnos para evitar el fuego. Hay que entregarle a una mujer. La mujer debe estar desnuda y acostada hacia arriba, mirando al cielo…
Entonces trajeron a una mujer. El loro Jokma bajaba, la observaba, pero no entregaba su semilla. Así pasaron varias mujeres, de distintas edades, todas madres o jóvenes que ya habían conocido a algún hombre. Y nuevamente, el loro Jokma bajaba, la observaba, pero no entregaba su semilla.
Entonces el jefe de todos los clanes llamó a su propia hija, una doncella aún virgen, una niña. Cuando el loro Jokma la vió, descendió y la observó con calma. Luego de unos momentos, depositó la semilla entre sus piernas. Y rápido, rápido, comenzó a crecer un árbol nuevo, desconocido incluso para los más ancianos.
- ¡Este árbol, enviado por los Dioses, nos ayudará a escapar de las llamas! -anunció.
Al tiempo el fuego rodeó toda la aldea, y los soñadores pidieron ayuda al árbol, que bajase su copa para poder trepar a él y salvarse de las llamas. El árbol, respondiendo a sus ruegos, bajó. Y todos los habitantes de la selva subieron a él. Todos, incluyendo a los animales que eran amigos del hombre y los que eran sus enemigos, como la serpiente y el otorongo.
Pero el fuego creció y creció, ¡arrasando con todo! Y llegó hasta la base del árbol, tan cerca que la gente sentía que se quemaba la planta de los pies. Entonces los soñadores volvieron a pedirle al árbol.
- ¡Crece árbol encantado! ¡Crece! ¡Así evitaremos el fuego!
Y el árbol respondió elevándose con fuerza y sacudiéndose a las malas personas, que caían a las llamas. Todos, los soñadores, los jefes y la gente del pueblo, asombrados, comenzaron a cuidar al árbol que se había convertido en su protector. Les daba refugio, frutas y comida para que no murieran de hambre. Y le llamaron Wanamei, el árbol encantado.
Cuando la selva quedó arrasada, el fuego cesó. Pero empezaron las lluvias, tan intensas que provocaron grandes inundaciones.
Todo lo que empieza también tiene un final. Por eso, después de muchos meses cesaron las lluvias. Salió el sol, pero el suelo se había convertido en un pantano gigantesco y todo lo que caía en él era devorado por la tierra. Los hombres comenzaron a tirar lanzas y flechas para comprobar la firmeza del suelo, pero una tras otra desaparecían hundidas en el barro. Así fueron pasando los días, y después las semanas y los meses, todo el pueblo vivía trepado en el árbol encantado que les había salvado la vida.
Un día alguien lanzó su lanza y la punta quedó a la vista. Ese día hubo una fiesta en el árbol. Una fiesta sencilla porque tenían muy poco, pero como hacía mucho que no hacían una fiesta todos la disfrutaron como si fuera la fiesta más grande de la historia. Había esperanza, algún día podrían bajar del árbol y pisar la tierra.
Esperaron, esperaron y cada día la lanza se hundía menos. Aunque el suelo de la antigua selva continuaba embarrado, algunas familias comenzaron a bajar del Wanamei y a alejarse en distintas direcciones. Estos formaron los pueblos de los Matsiguenka, los Yine y otros que viven aún más lejos, tan lejos que ya hace tiempo que no se tiene noticias de ellos.
Los que se quedaron en el árbol y bajaron cuando la última lanza rebotó contra el suelo, fuimos los Harakmbut. Y nos quedamos a vivir aquí, junto a la selva del Manu, alrededor del Wanamei, para protegerlo como él nos había protegido a nosotros del fuego y de la lluvia.


