69- Lugares para conocer antes de morir: Catarata Kaieteur, Guyana

26 Febrero 2009 at 0:44 (Vamos hacia Alaska!!!) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , )

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(viene de 68- Caminando por la selva de Guyana)

Desde lejos Kaieteur no impresiona. Parece una catarata más, una catarata clásica, de esas de postal, de esas que hay en todos los países. De esas. Más de lo mismo, agua que cae de arriba para abajo. Más locales que hablan de su catarata con orgullo, como si fuera la única del mundo.
Pero a medida que caminas sucede algo extraño: no llegas nunca. Te acercas pero no alcanzas la orilla, caminas pero el salto continúa agrandándose, haciéndote sentir cada vez más pequeño. Avanzas, esquivas los brazos verdes de una bromelia, una planta gigante con nombre de tía antigua, una superviviente de la megalomanía biológica. Tentáculos largos, bigotes. Allí delante encuentras un espacio vacío, te asomas al abismo e inmediatamente das un paso atrás: los árboles del fondo parecen repollos enanos.
Entonces algo te paraliza sobre una piedra que se estira desafiando la ley de gravedad. Estás en medio de la selva, sobre el mirador del Tarzán de Johnny Weismuller. Parpadeas, te has convertido en una hormiga. Una pequeña garrapata entre las grietas de la piedra más vieja del mundo.
Dicho de otra manera: al lado de Kaieteur, eres insignificante.

El agua, mucha agua, demasiada agua, pierde el equilibrio junto a tus pies y cae 226 metros hasta reventar contra las rocas escondidas del abismo. Doscientos veintiséis metros. Allí hay una explosión permanente, un big bang de agua pulverizada despedida a la velocidad dolorosa de la confusión. Estás allí, existe, pero todavía necesitas que alguien te patee el culo para asegurarte que esto no es un sueño. Que estás despierto.
Arriba, ranas doradas que viven en un estanque natural dentro de la misma bromelia. Y gallitos de las rocas, rojos como chavistas venezolanos, como neocomunistas melancólicos entre las ramas de un mundo verde.
Abajo, al fondo de la grieta, un enorme arco iris se levanta en el aire para saltar las orillas con los colores más hippies de la naturaleza. Y en el medio estás tú, sentado en la orilla del mundo, con los pies colgando que se balancean con el viento.
El espectáculo es hipnótico, un circo natural que te llama, que te ata una cuerda invisible en las tripas y te pide que saltes, con la certeza que el vapor detendrá la inercia y podrás volar. Acompañar a los pájaros que se lanzan en un vuelo kamikaze, suicida, perpendicular, hacia una caída vertiginosa siguiendo la corriente del agua.
Y a mitad de camino las aves vuelven a sorprender, a quebrarse en un nuevo ángulo recto y a sumergirse en el hueco oscuro que aguarda detrás de la catarata. Sí, la misma catarata desbordante de taninos que continúa cayendo, para volver a acumularse, extenuada y llena de moretones, toda negra y encauzada, en el fondo del valle. Allí, a doscientos veintiséis metros.

De todas las grandes cataratas del mundo, Iguazú, Victoria, Niágara y Nilo Azul, Kaieteur es la gran desconocida. La única en donde puedes permanecer en la más absoluta soledad durante varios días. Sin ruidosos grupos turísticos. Sin puestos de Coca Cola. Sin souvenirs de plástico. Solos en la naturaleza, como debió ser en el principio de todo.

 

 

No hay ruta para llegar a Kaieteur. Sólo puedes acercarte caminando en un trekking a través de la selva (4 días), en bote con motor desde Pamela Landing (1 día), o en avión (1 hora). Los precios para este viaje espectacular los podrás encontrar en www.rftours.com

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68- Caminando por la selva de Guyana

10 Febrero 2009 at 1:42 (Rodando por Sudamérica, Vamos hacia Alaska!!!) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , )

Rápidos de Amatuk, sobre el rio Potaro. Es una pintura, una obra de arte

Rápidos de Amatuk, sobre el río Potaro. Es una pintura, una obra de arte

 

 

El río Potaro baja calmo, ancho y negro, rodeado por paredes de árboles que apuntan al cielo. Es una garganta sin piedras, un cañón verde y espeso, el único claro en medio de la selva. El río Potaro es una de las autopistas que comunican los pueblos interiores de Guyana, el país de muchas aguas.

Su corazón, un músculo blanco y elástico de 226 metros de alto y 60 metros de ancho, bombea con fuerza hacia el Océano Atlántico desde el centro del pequeño país. No es un salto de agua más, es una catarata gigantesca escondida por la vegetación enmarañada de árboles, lianas, arbustos y plantas. Un monstruo atronador que quita el aliento, que provoca hiperventilación.    

En algún lugar hacia el norte, está Kaieteur.

 

 

Tony Melville es un amerindio mitad Patamuna y mitad Carib. Mide un metro setenta, es moreno, tiene unos cuarenta y cinco años y el pelo crespo. Nació en un poblado cercano a las cataratas Kaieteur. Antes ese era nuestro territorio,  ahora es del Parque Nacional, explica con naturalidad. Entre octubre y diciembre, meses secos, se interna en la selva para criar músculo buscando oro y diamantes con un detector de metales. Casi todos los días se encuentra algo, unos gramos amarillos, unos carats transparentes. El resto del tiempo guía turistas indefensos a través de la selva. Dos alemanes, dos finlandeses, nosotros.

-          Aquí, sí, hay anacondas y pumas y jaguares. Y son peligrosos. Pero sobre todo hay que tener cuidado donde pisas. Si pateas una serpiente se va a enojar, tú también te enojarías si alguien te patea.

Habla pausado y sabe cómo mantener tu atención.

-          Por la mañana, cuando se levanten, no olviden sacudir las botas y los pantalones. Están en la casa de serpientes, arañas, escorpiones y otros insectos raros.

Tony es el jefe y nadie lo discute. Aparte de conocer los senderos, de saber sobre árboles, plantas y animales, es quien nos tiene que sacar de aquí.

 

 

Aquí, es la selva. Senderos delgados cubiertos de hojas muertas, descompuestas por la humedad. Tierra rica, pero podrida. Caminos oscuros empapados en agua e insectos, atravesados por troncos que se deshacen en hormigas vegetales, en termitas hambrientas. Es la belleza de uno de los últimos rincones vírgenes del planeta.

Bajo los árboles comienza a llover diez minutos más tarde que en el río. Los niños de los poblados Patamuna, Arawak, Wai-Wai, Makushi, Carib, juegan con arcos y flechas. La rama en la que te sostienes puede estar erizada de espinas. O ser fría como una Bush Master, una serpiente tan venenosa como tu vecina.

Sí, esa, ya sabes de cuál hablamos.

En las noches sin luna, las orillas del río Potaro son líneas irregulares que cortan el cielo con el trazo más negro que te puedas imaginar. El ruido del motor sólo es interrumpido por la lluvia torrencial, que comienza a dar la razón al negro Noé. Entonces intentas cubrirte con algo, evitar sentir la humedad en tus calzoncillos, en esas braguitas tan monas que te llevaste a la selva por si aparecía Tarzán.

Una hora más tarde llegas a Amatuk, una isla de arena y rocas en medio del río. Te instalas en una hamaca bajo un techo de madera y plástico y recuerdas los privilegios de la civilización mientras las tormentas se intercalan con períodos de silencio y calma extrema. Ni siquiera el aire se atreve a moverse entre las hamacas tensas, gordas como el estómago de una boa que acaba de cenar. Alguien cambia de posición y el poste que nos sostiene a todos, vibra. Anna estira el pie y me balancea.

-          Che… ¿Estás dormido?

-          No. No puedo.

El fuego muere cerca. Los murciélagos vampiro no se acercan a la luz. O eso es lo que dice Tony, nuestro gurú salvaje.

Sólo en la oscuridad absoluta se atreven a arrojarse sobre tus pulgares para chuparte la sangre. Tu sangre, que mana con calma y suavidad, sin el obstáculo de las plaquetas, y sólo se coagula como un guante bermellón cuando te cubre la mano y llega a tu muñeca.

 

 

Al día siguiente llegamos a las explotaciones de diamantes abandonadas.

Allí comienza una falsa llanura blanca salpicada de colinas pálidas levantadas por una excavadora. Sin árboles. Con esqueletos de casas de madera dibujados por un niño pequeño, pocos hierros retorcidos, barriles de petróleo oxidados y algunos cadáveres de plástico. La erosión de la tierra removida enseña pequeños picachos afilados. Lagunas de agua estancada. Criaderos de mosquitos hambrientos.

Es la tierra abandonada después del paso del hombre.

Luego, el sendero vuelve a perderse, se rebela, se encadena en una maraña de piedras, lianas y troncos revueltos. Eres parte del primer grupo después de varios meses y hay que abrir camino con el machete. Es el caos, la auténtica selva, el dominio de los animales más silenciosos del reino. La pantera negra, la serpiente coral, el águila harpía. Todos, nombres de luchadores mexicanos, carnívoros.

El tema importante es: ¿dónde te encontrarás en el momento del ataque?. Indefenso dentro de la hamaca, inclinado en el baño, caminando por un sendero, con un rifle cargado, con una navaja suiza, con alguien más débil a tu lado que sirva de cebo.

Cuando encontramos el sendero, Tony corta árboles jóvenes, los pela y empieza a repartirlos.

-          Les servirán de bastón. Cruzaremos torrentes de piedras resbalosas y, aunque nos sacaremos las botas para caminar con calcetines, es mejor avanzar con cuidado. Esta madera se llama Muro… Ese árbol, que crece allí, es el Green Heart, una de las maderas más caras que existen.

Camina unos pasos y corta una liana, que comienza a sangrar un líquido transparente.

-          Esta es la Cuffa. Dentro tiene agua buena, se puede beber. Esas semillas rojas que hay por el suelo son de Wallaba, y dan buena suerte. Aquel árbol es Yari Yari, su madera es muy flexible, la gente sólo los corta cuando quiere hacer una caña de pesca.

Hay Leopard Wood, que sirve para hacer arcos y flechas. Y montones de árboles desconocidos, siempre de nombre inglés, como Purple Beat, Crabwood y Silver Valley.

Cuando llega la segunda noche dormimos en Waratuk, en la puerta del parque nacional de Kaieteur.

 

 


   

A la mañana siguiente volvemos a subir por el fondo de la garganta del río Potaro en un bote a motor, comandados por el capitán Rudolph, y rodeados de árboles majestuosos y paredes verticales de roca prehistórica. Falsos tepuyes. Bromelias gigantes que crecen colgadas de las ramas. De algún lugar de la espesura surgen los gritos rítmicos de los monos araña. Primos lejanos del mono que mordió la mano de Anna en Ecuador. Parecen pájaros chillones.

Desembarcamos junto a un sendero, que lleva hasta Tukai, campamento de la tercera noche. Las raíces de los árboles cortan la tierra cubierta de hojas caducas, verdes, marrones y luego negras. Las botas, que llevan dos días sin secarse completamente, salpican en charcos poco profundos de lodo, o resbalan sobre piedras cubiertas de musgo verde. La caminata no es agotadora, lo que mata es la humedad. Cuando te acercas al punto del cansancio, siempre llegas a una cascada, a un arroyo fresco con agua recién salida de un comercial de televisión.

Al anochecer, el capitán Rudolph y su hijo salen a pescar. Nadie como él para evitar los obstáculos sumergidos del Potaro. Llevan el bote, una linterna potente para iluminar el agua y un machete. Cuando algún pez se acerca atraído por la luz, se encuentra inesperadamente partido en dos. Y flota unos segundos antes de ir a parar al fondo de la barca. Antes de ir a parar a la sartén. Media hora más tarde solo quedan espinas en un plato.

Después de cenar Tony cuenta historias a la luz de una lámpara de kerosén. Está acostumbrado a los grupos extraños. Gente demasiado civilizada con ganas de volver a los orígenes, en medio de la selva. Gente con ganas de llegar a algún extremo. Entonces decide ponernos a prueba.

-          Por aquí, lo más desagradable son unos mosquitos gigantes que no pican. No, no pican. Sólo esparcen sus huevos mientras vuelan. Si caen sobre tu piel provocan mucho escozor. Entonces te rascas y sin darte cuenta introduces los huevos bajo la piel, donde comienzan a crecer. Y se convierten en larvas que se devoran entre sí hasta que queda sólo una, la más fuerte, que comienza a alimentarse de tu carne.

Tony se detiene y vuelve a observarnos. Todos aguardamos en silencio a que continúe. Las historias de sangre y carroña son atractivas, sobre todo cuando son reales.

-          Y la larva, que se transforma en un gusano, forma un túnel. Y se acostumbra, y amplia su casa bajo tu piel. Se siente cómodo. Y cálido. Bien abrigado y alimentado. El gusano es un compañero fiel que te acompaña mientras crece y te hace cosquillas, muchas cosquillas. En el brazo, en el hombro, en el pecho, la pierna o la cabeza…

Las chicas hace rato que pusieron cara de asco. Los finlandeses sonríen divertidos y encienden otro cigarrillo, el segundo paquete del día. La pareja de Alemania, bancarios, hacen preguntas numéricas: cuanto tarda en crecer, cuan grande llega a ser, qué beneficio obtienes tú en esa relación. Yo me deleito con el asco que puedo provocar en una historia.

-          La única manera de echarlo –continúa Tony –es asfixiándolo. Pones una tira de cinta adhesiva sobre el agujero de tu piel y, cuando el gusano sale a respirar, se queda pegado.

 

 

Kaieteur es un Dios griego. Un trueno con rayo, un personaje mitológico escondido en Sudamérica. Perdido voluntariamente, que es la mejor manera de perderse.

Kaieteur, es un gigante blanco que se exilió hace mucho tiempo y colocó el letrero no molestar en la puerta de su selva.

Kaieteur es ElDorado, el último tesoro escondido de Sudamérica. 

 

(continúa en Lugares para conocer antes de morir: Catarata Kaieteur)

 

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Reportaje en inglés sobre la Vuelta al Mundo en el Kaieteur News, Guyana

10 Febrero 2009 at 1:30 (Vamos hacia Alaska!!!) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , )

Kaieteur News, Guyana, 17 de enero de 2009

Kaieteur News, Guyana, 17 de enero de 2009

In 2000, Ama Callau and Pablo Rey took the decision of their lives when they decided to load up a Mitsubishi Delica and head out on a world tour. And what an adventure it has been!
From being chased by angry elephants to experiencing the warmth of the Sudanese people despite the turmoil in their country, and now trekking through the jungles of Guyana, Ama and Pablo have soaked up world culture in a way they could never have imagined.
Ama, from Barcelona, and Pablo, from Beunos Aires, are now on their way to see the magnificent Kaieteur Falls, thanks to the generous support of Rainforest Tours, the Guyana Tourism Authority, and the Guyana Oil Company.
Guyana was not really listed as one of their destinations, but since they were just next door, in Venezuela, they decided to head down to Guyana, a country they had heard little about, and a place that people around the world didn’t seem to know, even in Venezuela.
From Lethem, they travelled through the Savannahs, observing the giant anthills and the endangered giant anteater. Before heading to Georgetown, they visited the Iwokrama Rainforest.
From Georgetown, they headed to New Amsterdam and all the way to Moleson Creek at the border with Suriname.
They returned to Georgetown and, yesterday, set out on a journey through the jungle to see Kaieteur Falls.
When the couple started out on their world tour in 2000, they thought it would take them just four years.
“We soon realized that the world is not so small,” Pablo told Kaieteur News yesterday in Georgetown.
When they left Barcelona, their plan was to travel through Southern Europe, then to the Middle East, then to Africa (going from North to South), then to America (travelling South to North), and then making their way back home through Asia, starting from Siberia.
What triggered their decision to embark on a world tour in a sports utility vehicle?
“We were both working (Pablo is a writer, and Ama was in public relations) but then we asked ourselves is that is what we really wanted to do till we reached 65,” Ama related. They decided that they wanted to see the world, and their journey began.
“We betted our life on our dream,” said Ama.
At first, they started out depending on their savings, but worked as they travelled. Pablo has since written a book on Africa and has been selling it along the way.
The one thing that is common in people around the world, the couple says, is their goodness.
“People are good around the world; people are nice. It is politicians who don’t know how to solve problems,” Ama declared.

Ama Callau and Pablo Rey stand in front of their vehicle in Georgetown, yesterday.

Ama Callau and Pablo Rey stand in front of their vehicle in Georgetown, yesterday.

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