89- La Guajira: primeros pasos en Colombia
La Raya es un pueblo de frontera gris, sucio, el salvaje oeste latinoamericano, una línea de puestos cubiertos con lonas que venden contrabando de Venezuela y platos de chivo flaco. Hay viento que levanta nubes de polvo que llega desde la península de la Guajira, gente que se gana la vida ofreciendo llamadas desde su teléfono móvil, cambistas espontáneos y mucho combustible que se vende en bidones de veinte litros a los lados de la ruta. Y sopa, sopa caliente bajo el sol despiadado de las tierras aledañas al Caribe. No entiendo cómo pueden tomar sopa con este calor endemoniado.
También hay oraciones a Chávez. El fracaso real de la revolución bolivariana es el éxito de los contrabandistas y los buenos comerciantes en busca de gangas. Venezuela se hunde lentamente y sólo la salva el petróleo, que mantiene a flote la economía cubriendo los agujeros de la mala administración. El doble cambio de bolívares fuertes, un mercado oficial y un mercado paralelo, beneficia al pueblo. Sí, al pueblo colombiano. Las regiones fronterizas con Venezuela consiguen alimentos a precios de saldo.
La Raya se convierte en la segunda peor frontera de los 9 años de vuelta al mundo, superando la entrada a Sudán: tardamos un día y medio en hacer los trámites de aduana, que controla a todos los vehículos que llegan desde Venezuela aplicando la ley del menor esfuerzo. Sólo hay una persona para hacer el papeleo que permite la importación temporal. Es la brillante solución para frenar el contrabando de coches porque… son mucho más baratos en Venezuela.
Después de comprar el seguro en Maicao seguimos hacia a Cuatro Vías. En 20 kilómetros pasamos uno, dos, tres, cuatro controles militares de soldados tremendamente correctos reclutados en la universidad.
- Buenos días, bienvenidos a Colombia, ¿me permiten sus papeles por favor? Muchas gracias. Que tengan un buen viaje. Que disfruten nuestro país.
En Cuatro Vías nos desviamos hacia el norte, hacia Uribia, entrada a los desiertos de la Guajira, capital de los Wayúu. Apenas un par de kilómetros después de la última tanqueta militar aparecen dos hombres armados vestidos de verde, uno negro y uno blanco, que hacen señales para que nos detengamos en mitad de la ruta.
¿Serán del ejército? ¿Serán de las FARC? ¿Serán paramilitares? ¿Dónde dormiremos hoy?
Dudo. A veces uno no sigue caminos, sigue corazonadas. Entonces paso al carril contrario y aminoro la marcha, sin detenerme.
Son sólo militares sedientos provenientes de Harvard, que preguntan si por casualidad y si no fuera molestia les podríamos llevar hasta el próximo puesto con su carga de cinco cajas.
- Lo siento –digo sincero –pero no tenemos asientos y la furgoneta ya está muy pesada.
Nadie lo sabe, pero acabamos de salir de Venezuela con casi 200 litros de diesel entre los dos tanques fijos (130 litros), un bidón extra grande (30 litros), unas cuantas botellas plásticas de Coca Cola de dos litros y recipientes de aceite de un galón, llenos hasta reventar.
Cinco kilómetros más tarde vuelven a detenernos en un nuevo control militar. El soldado pregunta si podemos acercar hasta Uribia a un niño Wayúu que va a la escuela.
Lo ubicamos sobre una caja en la parte trasera de la furgo y, después de preguntarle varias cosas, llega su turno. Su oportunidad para satisfacer alguna curiosidad.
- ¿Tienen gel?
- ¿Cómo?
- Si tienen un poco de gel para el pelo. Queda mejor.
Los chicos de todo el mundo son iguales: sólo les importan las chicas.
- Venta de combustible junto a la ruta en Maicao
- Tanque de guerra a la salida de Maicao
- Transporte popular en la Guajira
- ¿Cuántas personas crees que hay en esta camioneta?
- Niña wayúu en Cabo de Vela
- Hamacas bajo una ramada en el Cabo de Vela
- La Cucaracha aparcada en la playa de Cabo de Vela
- Puesta de sol en Cabo de Vela, Guajira
Después de Uribia el camino principal avanza pegado a las vías del tren que lleva carbón de la mina a cielo abierto más grande de Sudamérica hasta Puerto Bolívar. Hoy, la ruta principal a Riohacha está cortada por los wayúu porque las regalías del carbón no llegan hasta ellos. No saben dónde se pierden, si en el bolsillo del cacique de su pueblo o en los del cacique blanco de la gran ciudad.
Media hora más tarde un cartel enorme nos desvía hacia el Cabo de Vela a través de pequeñas huellas que cruzan desiertos, matorrales y caseríos de adobe perdidos. Cabo de Vela, el escenario en donde los wayúu entregan su alma al turismo, donde puedes alquilar ramadas en la playa para colgar tu hamaca, donde te venden cubos de agua para que te duches y el viento sopla con la fuerza de una explosión nuclear. El mismo viento continuo y persistente, permanente, que despierta sonidos dormidos, flautas en el snorkel, tambores graves en la carrocería, silbatos en las botellas abiertas, maracas en la suspensión. Entramos en las tierras ancestrales de los wayúu y dos mujeres comentan la llegada de los extranjeros, de los alijuna.
- Wane alijuna casuatan azul soun
- Eshi wanee alijuna mushi asin, shulima caula.
Nelson, que nos alquila una ramada, cuatro troncos cubiertos por un techo de ramas a pocos metros del mar por unos cuatro euros al día, comienza a reír.
- ¿Qué dicen? –le pregunto.
- Que ella es una mona blanca de ojos azules y tú, ¡jaja ja jaja! –continúa partiéndose de risa mientras me señala -¡tú eres un mono blanco con barba de chivo! ¡qué eres como los chivos que nos comemos! ¡Jajajajaja!
(continuará)
88- Colombia: A veces uno no sigue caminos, sigue corazonadas
- ¿Estás loco? ¿Cómo van a ir a Colombia? Allá te secuestran, está lleno de traficantes, hay guerrilleros y paramilitares, es muy peligroso… ¿No ves las noticias?
Palabra más, palabra menos, casi todos decían lo mismo. En el imaginario colectivo Colombia es un sitio complicado donde los narcos son los amos y la guerrilla los señores. Un país repartido, donde el Estado se evaporó en una serie de zonas de influencia armadas y las leyes cambian tanto como el pronóstico del tiempo. Hoy está despejado y tranquilo, mañana es posible que llueva y caiga plomo. Nene, no salgas sin paraguas y chaleco antibalas.
En cualquier momento podríamos encontrarnos con un bloqueo espontáneo en la ruta, la pesca milagrosa de las FARC. Diez, veinte tipos con uniformes camuflados similares a los de cualquier ejército, verde oliva y marrón oscuro, pidiendo documentos como cualquier fuerza legal y secuestrando a todo el que pudiera ser canjeable por presos o dinero. Cuando te detienes no sabes, y ese es el problema, no sabes quiénes son los buenos y quiénes son los malos.
- Si se encuentran con un bloqueo de las FARC, ustedes tranquilos. Que ellos son buena gente –nos había dicho una mujer en Ecuador, mientras nos servía un plato de arroz con pedazos minúsculos de carne en un puesto precario junto a la ruta.
Sí, te ofrecen alojamiento, comida y paseos por la selva gratuitos durante diez años pensé. Y no puedes negarte. No puedes decir lo voy a pensar, o vuelvo mañana.
La historia tradicional de América Latina habla de los ejércitos regulares como el inicio de muchos de los grandes desastres del continente. Todos participaron en golpes militares que derrocaron presidentes más o menos populares, todos usaron sus armas contra su propia gente, todos violaron los derechos básicos de aquellos a quienes decían proteger. Entonces, ¿en quién confiamos?
No se puede confiar en el ejército, ni en la guerrilla, ni en los narcos. Si confiamos en la televisión estamos en el camino equivocado. Dame el primer pasaje a Miami, rápido. Todo lo que llega de Colombia a tu casa habla de narcotraficantes y gente secuestrada, obligada a vivir en un infierno de selva. De camisetas de Pablo Escobar, el Patrón, que aún se venden en las calles, quince años después de su muerte en los tejados de Medellín. Y de García Márquez, claro, pero Gabo escribe historias bonitas sobre lugares que no existen en la vida real.
Entonces, ¿qué hacemos? ¿Dónde vamos?
La gente que conocemos en la ruta habla de otro país, también llamado Colombia, pero radicalmente distinto. Un país de montañas y gente amable que responde ¡a la orden! cuando entras en un comercio. Gente de todos los colores que en las fiestas baila pegadita. Nada de rocanrol, nada de blues, solo vallenato local. La patria de las mujeres impulsivas, de las novelas de amor roto y desgarrado para después del mediodía.
¿Debíamos visitar Colombia? murmuro después de cuatro malditos controles militares en los primeros veinte kilómetros, usted quien es, que lleva detrás, de dónde viene, adonde va, preguntas demasiado personales, demasiado existenciales, cuando dos figuras en uniforme de camuflaje surgen de los arbustos y levantan la mano para detenernos.
A veces uno no sigue caminos, sigue corazonadas.
(continuará)




























