99- De Colombia a Panamá en un buque de carga boliviano…

29 Noviembre 2009 at 20:16 (Mas historias de la Vuelta al Mundo!!!, Rodando por Sudamérica, Vamos hacia Alaska!!!, Videos) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , )

Toda la tripulacion del Intrepide: Escobar, Caneca, Basilio, Pablo, el Capitan, Simon, Toribio, Octavio, Contreras y Anna

A veces ocurren milagros difíciles de explicar. Sorpresas, hechos inesperados, deseos convertidos en una página sucia o brillante de tu historia. Esperanzas que te ascienden al rango de Aladino.  La sola utilización de la palabra, milagro, trae la imagen de un Dios cristiano y barbudo, como si el Viejito fuera el único autorizado por las leyes del universo. Pero la posibilidad de hacer saltar la banca o que salga el 25 a la primera, entre los treinta y siete números de la ruleta, no tiene nada que ver con la religión y sí con la cantidad de veces que lo intentas. Con la persistencia y las probabilidades matemáticas.

Encontrar un barco que nos llevase de Colombia a Panamá era fácil. Hay empresas dedicadas a eso. Lo difícil era que el Plan B funcionara: hallar una empresa que dijera yo los llevo porque me gusta lo que están haciendo; o yo los llevo porque ustedes tienen que estar locos. O yo los llevo por sus huevos y por mis huevos, como dijo el director de Pescanova para el sur de Africa, cuando nos embarcó en uno de los buques de la flota pesquera en un viaje interminable entre Ciudad del Cabo y Bahía Blanca, al sur de la provincia de Buenos Aires. El Plan B resultó en 23 días de puro océano, demasiada agua. Benny dijo

-          ¿Que llevan 9 años? Yo los llevo a Panamá en mi barco. Yo los voy a apoyar. Y no tendrán que pagar nada.

El Plan B es la manera alternativa de hacer las cosas. Hoy, era de las crisis por los excesos en el consumo, amanecer de las compras por internet, es fácil cumplir tus deseos cuando estás dispuesto a pagar lo que te pidan. Lo difícil es conseguir lo mismo de buena fe, de onda. Por complicidad. Porque sí, ¿por qué no?

Es en estas ocasiones, siempre provocadas, cuando vuelves a creer en la capacidad de cada uno de nosotros, encantados de ser pecadores, de obrar milagros inolvidables. Da igual si eres cristiano, animista, zoroastriano, judío, testigo de Jehová, ateo practicante, budista relajado o musulmán colombiano como Benny, nuestro hacedor de prodigios entre el sur y centroamérica.

Que horror! Una cucaracha voladora!

A pesar de las buenas intenciones de Benny, no fue fácil embarcar en el Intrepide, un barco colombiano de bandera boliviana.

(Cada vez que imagino la flota de ultramar del gran país de las alturas, me tiemblan las piernas. O habíamos viajado en el tiempo hasta antes de la Guerra del Pacífico de 1870, cuando Bolivia perdió la salida al mar, o estábamos de nuevo en el lago Titicaca. No había muchas más opciones)

El zarpe de Puerto Nuevo se retrasó semana a semana durante un mes y medio. La buena suerte inicial se había ido desvaneciendo con el paso de los días, el barco había sufrido distintas averías y malestares estomacales que evitaban el viaje. Era tiempo, voluntad, paciencia y persistencia. Era creer en el Plan B.

Creer, como cuando estuvimos un mes dando vueltas por la costa de Ecuador buscando un barco que nos llevase a las islas Galápagos (A las Islas Galápagos en un barco de carga). Creer, cualquier cosa puede ser posible. Pero creer en nosotros, el Viejito ya tiene demasiados milagros que atender por ahí.

Cuando llegó el gran día, sí, que nos vamos, coño, que nos vamos, nadie sabía exactamente qué papeles había que completar. Puerto Nuevo nunca había sido utilizado para llevar un vehículo a Panamá. Todo parecía difícil, complicado. Cualquier cosa podía ocurrir mal, y nos quedábamos en tierra.

Por ejemplo, no había una rampa para subir la furgo al barco, sólo una grúa, y nunca la habían utilizado para levantar algo tan pesado como un vehículo. El manual del siglo pasado decía que debería aguantar.

Por ejemplo, tres horas antes de partir todavía no teníamos permiso del puerto para embarcar la furgoneta. Por ejemplo, el capitán del barco, Alberto, tampoco sabía que en ese viaje tendría dos tripulantes nuevos.

Ahora, un mes más tarde y con el milagro alcanzado, comprendo por qué nos interceptó una patrullera norteamericana en las aguas internacionales del Caribe: uno, no era normal que un barco como el Intrepide llevara una furgoneta atada en la cubierta; dos, salíamos de Colombia en un barco boliviano, los dos mayores exportadores de polvo blanco del mundo.

(CONTINUARÁ…)

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98- El abuelo (ciclista) de todos los viajeros

22 Noviembre 2009 at 22:11 (Mas historias de la Vuelta al Mundo!!!, Rodando por Sudamérica, Vamos hacia Alaska!!!) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , )

Rubén, 68 años, el abuelo ciclista de todos los viajeros

Rubén, 68 años, el abuelo ciclista de todos los viajeros

No existen límites para viajar. Uno es el peor enemigo, uno impone las reglas, tu yo cómodo, o tu yo aventurero es el que declara así quiero viajar, así no quiero viajar. Pero viajar, todos podemos viajar.

Unos días después de encontrarnos con Javier, el viajero de la silla de ruedas, conocimos a Rubén. Había apoyado su bicicleta junto a una pared de la ciudad amurallada de Cartagena, Colombia, y estaba aprendiendo a trenzar pulseritas. No se le daba muy bien pero tenía que hacer algo: unas semanas atrás, en Riohacha, le habían robado dos de los cuatro bolsos de su equipaje. Y lo habían dejado medio en bolas y sin dinero.

Rubén tiene 68 años.

Algo le tuvo que haber pasado hace dieciséis años cuando abandonó su rutina en el pueblo de Los Andes, Chile, en la ruta internacional que une Mendoza con Santiago. Algo, pudo ser una sucesión de ciclistas extasiados por haber cruzado la cordillera de los Andes a puro pedal. No se les entendía mucho porque hablaban idiomas distintos y un castellano agringado, tan raro como su chileno cocinado con cachais. Pero seguro que notó que todos esos ciclistas deshilachados llegaban volando, sus ruedas no tocaban el asfalto. Había algo, paz, karma, esa sonrisa estúpida que llevan tatuada los budistas aunque les estén pateando la cabeza con una bota.

Esa misma expresión, todo está siempre bien,que todos envidiamos tanto.

Entonces Rubén contó su platita, tomó su bicicleta y se fue a viajar por Latinoamérica. Subió, bajó, volvió a su casa, compartió, reemprendió el camino, pinchó. Y hoy, con las piernas flacas y su mirada pícara, está volviendo a su Chile para juntar más platita y seguir viajando.

-          En bicicleta poh, sino me tendría que quedar en mi casa.

Rubén, el abuelo de todos los viajeros, tiene 68 años.

El que no viaja es porque no quiere.

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97- El viajero de la silla (de ruedas)

18 Noviembre 2009 at 20:15 (Equipo para Viajar, Mas historias de la Vuelta al Mundo!!!, Mecánica, Rodando por Sudamérica, Vamos hacia Alaska!!!, Videos) (, , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , , )

Luis Javier, el viajero colombiano de la silla de ruedas

Luis Javier, el viajero colombiano de la silla de ruedas

Imagina que avanzas por la ruta a 90 kilómetros por hora, escuchando algo tipo Red Hot Chilli Peppers, La Cabra Mecánica o la Bersuit Bergaravat. Cantas a grito pelado y sin complejos, sabes que quien está a tu lado ya te escuchó desafinar en situaciones mucho más comprometidas. A través de la ventana se sucede la vida normal del mundo, los pajaritos cantan, la gente se levanta y crees que lo que estás haciendo es algo excepcional. Que la felicidad es tomar este volante y pisar el acelerador. Y sentir el viento que entra a través de la ventana baja y te despeina. Dubidu-du-du.

Entonces ves un punto que se destaca junto a la línea del arcén, que no existe. Algo que rueda y avanza levantando una bandera colombiana que flamea al viento. Primero no descifras lo que ves. Luego no comprendes. Finalmente, aceptas la última verdad: el que no viaja es porque no quiere.

Delante de la furgoneta, un hombre joven empuja las ruedas de su silla, colina arriba, con las manos desnudas. Avanza y se detiene, avanza y se detiene, medio metro cada vez. La pendiente es pronunciada pero no importa. Tampoco importan los autobuses que adelantan a toda velocidad, haciendo sonar una bocina de barco que se escucha en toda la región como una amenaza. Ni los taxis, eternos buscadores de camorra, insultantes por su actitud de chulo raquítico, en sus cochecitos de juguete de bajo consumo. Nada de lo que hay afuera importa. Sólo importa lo que hay dentro.

Realmente, no importa nada. Nada.

Luis Javier es colombiano. Tiene 29 años y desde los 18 vive sentado. Sus banderas reivindican la libertad de los soldados secuestrados en la selva y a los niños, sobre todo a aquellos que trabajan desde que aprenden a hablar. Pero esas son excusas.

No lo dice, pero su mayor reivindicación es otra. Quizás no lo sabe, pero su actitud, al lanzarse a recorrer las rutas en una silla de ruedas, habla de libertad. De huevos y cojones. Se acabaron las lamentaciones y la época en que el mundo, la sociedad, eran los responsables de la infelicidad, de los sueños rotos. Se acabó el esperar desde atrás de una ventana. Se acabó el llorar la realidad de uno como una desgracia inevitable.

Luis Javier Galvis Hernández se fue a la ruta y en tres meses atravesó las montañas de Colombia desde Ipiales hasta Cúcuta, donde las autoridades fronterizas venezolanas le prohibieron el ingreso. Quizás, su bandera era demasiado grande. Probó en la frontera de Maicao pero tampoco tuvo suerte. Lo encontramos cerca de Cartagena, a casi 500 kilómetros de Venezuela, con menos de cinco euros en el bolsillo.

No sabía dónde iba a dormir. Ni de dónde iba a sacar el dinero para comer. Pero todos los días ocurría un milagro para seguir adelante.

Durante los pocos días que compartimos también le abrimos una cuenta de correo, ya que Luis Javier comenzaba a jugar con la idea de cruzar a Ecuador y seguir hacia el sur, hacia Argentina. Quien quiera escribirle para darle ánimos, para invitarle a su casa o para compartir un almuerzo, puede hacerlo a lasillaviajera@yahoo.com.co . Su teléfono en Colombia es el 3135194238

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