98- El abuelo (ciclista) de todos los viajeros

Rubén, 68 años, el abuelo ciclista de todos los viajeros
No existen límites para viajar. Uno es el peor enemigo, uno impone las reglas, tu yo cómodo, o tu yo aventurero es el que declara así quiero viajar, así no quiero viajar. Pero viajar, todos podemos viajar.
Unos días después de encontrarnos con Javier, el viajero de la silla de ruedas, conocimos a Rubén. Había apoyado su bicicleta junto a una pared de la ciudad amurallada de Cartagena, Colombia, y estaba aprendiendo a trenzar pulseritas. No se le daba muy bien pero tenía que hacer algo: unas semanas atrás, en Riohacha, le habían robado dos de los cuatro bolsos de su equipaje. Y lo habían dejado medio en bolas y sin dinero.
Rubén tiene 68 años.
Algo le tuvo que haber pasado hace dieciséis años cuando abandonó su rutina en el pueblo de Los Andes, Chile, en la ruta internacional que une Mendoza con Santiago. Algo, pudo ser una sucesión de ciclistas extasiados por haber cruzado la cordillera de los Andes a puro pedal. No se les entendía mucho porque hablaban idiomas distintos y un castellano agringado, tan raro como su chileno cocinado con cachais. Pero seguro que notó que todos esos ciclistas deshilachados llegaban volando, sus ruedas no tocaban el asfalto. Había algo, paz, karma, esa sonrisa estúpida que llevan tatuada los budistas aunque les estén pateando la cabeza con una bota.
Esa misma expresión, todo está siempre bien,que todos envidiamos tanto.
Entonces Rubén contó su platita, tomó su bicicleta y se fue a viajar por Latinoamérica. Subió, bajó, volvió a su casa, compartió, reemprendió el camino, pinchó. Y hoy, con las piernas flacas y su mirada pícara, está volviendo a su Chile para juntar más platita y seguir viajando.
- En bicicleta poh, sino me tendría que quedar en mi casa.
Rubén, el abuelo de todos los viajeros, tiene 68 años.
El que no viaja es porque no quiere.
97- El viajero de la silla (de ruedas)
Imagina que avanzas por la ruta a 90 kilómetros por hora, escuchando algo tipo Red Hot Chilli Peppers, La Cabra Mecánica o la Bersuit Bergaravat. Cantas a grito pelado y sin complejos, sabes que quien está a tu lado ya te escuchó desafinar en situaciones mucho más comprometidas. A través de la ventana se sucede la vida normal del mundo, los pajaritos cantan, la gente se levanta y crees que lo que estás haciendo es algo excepcional. Que la felicidad es tomar este volante y pisar el acelerador. Y sentir el viento que entra a través de la ventana baja y te despeina. Dubidu-du-du.
Entonces ves un punto que se destaca junto a la línea del arcén, que no existe. Algo que rueda y avanza levantando una bandera colombiana que flamea al viento. Primero no descifras lo que ves. Luego no comprendes. Finalmente, aceptas la última verdad: el que no viaja es porque no quiere.
Delante de la furgoneta, un hombre joven empuja las ruedas de su silla, colina arriba, con las manos desnudas. Avanza y se detiene, avanza y se detiene, medio metro cada vez. La pendiente es pronunciada pero no importa. Tampoco importan los autobuses que adelantan a toda velocidad, haciendo sonar una bocina de barco que se escucha en toda la región como una amenaza. Ni los taxis, eternos buscadores de camorra, insultantes por su actitud de chulo raquítico, en sus cochecitos de juguete de bajo consumo. Nada de lo que hay afuera importa. Sólo importa lo que hay dentro.
Realmente, no importa nada. Nada.
Luis Javier es colombiano. Tiene 29 años y desde los 18 vive sentado. Sus banderas reivindican la libertad de los soldados secuestrados en la selva y a los niños, sobre todo a aquellos que trabajan desde que aprenden a hablar. Pero esas son excusas.
No lo dice, pero su mayor reivindicación es otra. Quizás no lo sabe, pero su actitud, al lanzarse a recorrer las rutas en una silla de ruedas, habla de libertad. De huevos y cojones. Se acabaron las lamentaciones y la época en que el mundo, la sociedad, eran los responsables de la infelicidad, de los sueños rotos. Se acabó el esperar desde atrás de una ventana. Se acabó el llorar la realidad de uno como una desgracia inevitable.
Luis Javier Galvis Hernández se fue a la ruta y en tres meses atravesó las montañas de Colombia desde Ipiales hasta Cúcuta, donde las autoridades fronterizas venezolanas le prohibieron el ingreso. Quizás, su bandera era demasiado grande. Probó en la frontera de Maicao pero tampoco tuvo suerte. Lo encontramos cerca de Cartagena, a casi 500 kilómetros de Venezuela, con menos de cinco euros en el bolsillo.
No sabía dónde iba a dormir. Ni de dónde iba a sacar el dinero para comer. Pero todos los días ocurría un milagro para seguir adelante.
- Luis Javier, el viajero colombiano de la silla de ruedas
- Retrato del viajero de la silla de ruedas
- Luis Javier y su máquina 4×4
- Diarios de la silla de ruedas
- Repercusión del viaje en silla de ruedas
- La silla de ruedas en medio de la ruta
- El viajero de la silla de ruedas esquivando coches en Cartagena
Durante los pocos días que compartimos también le abrimos una cuenta de correo, ya que Luis Javier comenzaba a jugar con la idea de cruzar a Ecuador y seguir hacia el sur, hacia Argentina. Quien quiera escribirle para darle ánimos, para invitarle a su casa o para compartir un almuerzo, puede hacerlo a lasillaviajera@yahoo.com.co . Su teléfono en Colombia es el 3135194238





































