Hace unos días fui atacado por una Cucaracha gigante. Una Cucaracha desagradecida.
Intentaba aflojar una tuerca de mi furgo 4×4, ajustada por miles de kilómetros de malos caminos, cuando mi mano resbaló y el dedo pequeño se estrelló contra el hierro de la carrocería. Con el paso de las horas el dolor comenzó a aumentar. No lo tenía roto, aunque se estaba formando un coágulo de sangre bajo la uña.
A la mañana siguiente mi dedo hinchado y caliente latía con vida propia, como si tuviera un pequeño corazón agitado. Ya no podía doblarlo y, si quería seguir trabajando, necesitaba encontrar una solución.
No tenía muchas opciones:
- La opción A era la más lógica: ir a un centro médico para que me hicieran un agujero en el dedo con un taladro quirúrgico. Era un poco truculento y corría el riesgo de cruzarme con un sádico de bata blanca. Pero no tenía seguro médico y, con los costes de la sanidad en Canadá (y sobre todo en Estados Unidos), la tontería me podía costar unos 1000 dólares. De momento, eso dolía más que el dedo.
- Opción B: yo me había desarreglado solito. Ahora tenía que aprender a arreglarme.
Primero intenté atravesar mi uña con un alfiler al rojo vivo. Según el saber popular eso debería funcionar, pero la presión y el calor del alfiler hacían que el dedo doliera más. Para sufrir menos tenía que ser un poco más radical.
La Dremmel es una pequeña herramienta multiusos muy práctica para llevar en una furgo. La utilizan los artesanos para tallar, pulir y agujerear piedras, caracoles, maderas o vidrio. Más de una vez la había utilizado en la furgo. Aunque esta vez, la iba a utilizar en mi cuerpo. Me iba a taladrar una uña.
Busqué la punta más delgada, la esterilicé en alcohol y la acoplé a la Dremmel. Coloqué mi mano derecha sobre la mesa, sobre una servilleta de papel capaz de absorber sangre, y con mi mano izquierda (la torpe, la que tiembla) apoyé la punta de la herramienta sobre mi uña. Luego, apreté el botón de encendido.
El zumbido me hizo recordar a mis peores días de terror en el sillón de un dentista. Pero esta vez yo tenía el poder. Era algo intrínsecamente masoquista, fascinante. El taladro que sostenía con mi mano avanzaba lentamente, perforando mi uña hacia el interior de mi dedo.
A mi lado, Christine, una amiga de Vancouver, Canadá, observaba en silencio, sacando fotos. De repente hubo un estallido silencioso y mi uña se cubrió de sangre espesa y tibia.
- Guau!!! -dije levantando mis ojos abiertos hacia Christine. -You got it?
- Yes, I have several photos… that was amazing!! -respondió todavía sorprendida.
Mi dedo dolía menos, el tratamiento había sido rápido, casi indoloro y barato. Pero sobre todo, había sido emocionante.
- ¿Tienes un martillo? -le pregunté. ¡Quiero hacerlo de nuevo!
Comprobado. Una Dremmel no solo sirve solo para arreglar la furgo.
Espero que nunca me falta un amigo dentista…






On ta Ana? Faltó en el relato…
¡Saludos!
Publicado por MaGa | 2 agosto, 2012, 14:56Hola Pablo
Primero, necesitas una manicura para los dedos de más!
El verano en Québec está precioso! Hace mucho calor y sigo saltando. Yo sé porque cantan los pajaros!
Rejuan
Publicado por Rejuan | 2 agosto, 2012, 15:25Ja, ja, muy bueno!! pero te hago una pequeña corrección q t puede servir: el alcohol no esteriliza ni a palos, para desinfectar es mucho mejor el Pervinox (iodopovidona), obviamente si no sos alérgico al iodo; que es lo que usamos en los hospitales. Saludos y buen viaje!!!
Publicado por Diego | 2 agosto, 2012, 15:52Yo con la punta de un cuchillo lo he hecho varias veces en el dedo gordo del pie!
Publicado por Txema | 2 agosto, 2012, 22:36Rejuán! Oh, es cierto! Ese día me salté la manicura semanal! Dios mío! Y yo con esas manos!
Publicado por viajeros4x4x4 | 3 agosto, 2012, 10:38Acabo de buscar esto despues que yo mismo cojiera con un corta uña y la recortara hasta la piedrita que resulto ser un coagulo y lo broté. Al fina me puse agua oxigenada y una curita.
Publicado por Ruguer | 20 mayo, 2013, 7:20