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270- Los Newfies: Breve Historia Social de una Avería en Otro Fin del Mundo 2

Anna y Natalia, que con Alexis nos sacaron de paseo por los alrededor de Saint Anthony mientras esperábamos la barra de torsión

Anna y Natalia, que con Alexis nos sacaron de paseo por los alrededor de Saint Anthony mientras esperábamos la barra de torsión

Nos habían hablado bien de los Newfies, el mote que reciben los habitantes de Newfoundland, la isla que ocupa el mismo espacio que Terranova en nuestros mapas en español. Que la gente era amable. Que los robos no existen. Que los osos polares llegan montados en icebergs a sus costas. Que en invierno te cagas de frío.

Nos acostumbramos rápido a nuestra propia rutina en Saint Anthony. Nos conectábamos a internet en la cafetería Tim Hortons o en la biblioteca pública. Ya teníamos un pescador que nos vendía filetes de bacalao, el más fresco con el que hayas podido soñar, por seis dólares canadienses (cuatro euros) el kilo; nos habíamos hecho amigos de Natalia y Alexis Caro, la única pareja que hablaba castellano a cientos de kilómetros a la redonda, dos colombianos que nos habían ofrecido su casa, su ducha, su nevera y su amistad; y habíamos conocido a la bibliotecaria suplente, una señora que se había encargado de difundir la noticia de nuestra avería mejor que cualquier periódico de la isla. El boca en boca había hecho el resto y a los dos días ya nos saludaba hasta la punki del pueblo, la chica de pelo rojo que levantaba el cartel de STOP para detener el tráfico durante las obras en la calle principal.

Pero era extraño, todos saludaban de lejos. Nadie se acercaba a conversar, nadie detenía su vehículo atraído por la curiosidad. Solo los que no vivían allí aparcaban su rutina junto a nuestra furgo en problemas para charlar un rato. Eran casi todos de Quebec, jubilados en casas rodantes que nos acribillaban a preguntas sobre nuestro estilo de vida y un par de parejas jóvenes con hijos a quienes se les encendía la mirada cuando les contábamos alguna historia. La segunda noche llegó Cemil Alyanak, un fotógrafo y ex publicista que había tenido su mega agencia en Suiza y venía de la ciudad de Washington en motocicleta. Nos invitó a cenar y resultó ser un conversador genial que llenó de humor nuestras aventuras y desventuras. Pero era extraño, los locales no se acercaban.

No sé por qué. Nunca supe por qué. Quizás era el espíritu del pueblo, que se mantenía vivo solo para ellos, porque por allí no había ni siquiera un bar o taberna donde los extranjeros pudiéramos espiar la vida local cuando se toma unas cervezas. Podía aproximarme a cualquier persona y pedir la cosa más sorprendente que, estoy seguro, intentarían conseguirla de donde fuera para ayudarnos. Pero ellos no daban el primer paso, mantenían las distancias. Nos miraban de lejos.

En una tienda de herramientas desembalaron una prensa nueva para que pudiera sacar unas tuercas que no querían moverse. La encargada del correo recordó que estábamos en el parking del supermercado cuando llegó la nueva barra de torsión y nos la acercó personalmente con su coche. Me hice un tajo profundo en un dedo que requería algún punto de sutura y me atendieron en el hospital local sin hacer demasiadas preguntas ni pedir tarjetas de crédito. Los amigos del pescador señalaron su casa cuando nos vieron entrar en su calle, sin darnos tiempo a preguntarles dónde vivía. Luego nos invitaron a un par de cervezas, hicieron tres preguntas no demasiado personales y, sin profundizar demasiado, seguimos bebiendo juntos.

Me sentía dentro de la película La Invasión de los Ladrones de Cuerpos (The Invasion of the Body Snatchers), donde los seres humanos son reemplazados por extraterrestres que actúan de manera correcta hasta que el protagonista comienza a sospechar, a preguntar demasiado.

- Fue extraño, amable pero extraño –le dije a Robbie Hickey unos días más tarde, que nos había invitado a la casa de sus padres en el Parque Nacional de Gros Morne.

- Quizás tenían algo de miedo –respondió.

- ¿Miedo? ¿De nosotros?

- Eran extraños. En un vehículo extraño con una matrícula extraña.

- Pero esto es Canadá –le dije. –Acá no pasa nada. Recuerdo un día en Vancouver, la gran noticia del periódico era que un perro había mordido a una mujer.

- Quizás no querían molestarnos –sugiere Anna. –Ya sabes cómo son los anglos, si nos preguntan por el viaje no se quedan media hora. A los cinco minutos te agradecen y se van. No quieren invadir tu intimidad. No quieren molestar.

En realidad los extraterrestres éramos nosotros y lo que ocurría era una mezcla de todo. Saint Anthony está en el extremo de una península lejana de Terranova, que es casi tan grande como España pero sigue siendo una isla. Una isla lejana. Y por más que algunos habitantes tengan apellido francés ya son todos anglos, no fueron educados para expresar sus emociones de forma tan abierta como los latinos.

Los hombres y las mujeres se dan la mano y los abrazos suelen ser superficiales, con palmadita rápida en la espalda. Te dejo acercarte a mi espacio personal pero no quiero que tu calor y mi calor lleguen a fundirse más de lo adecuado, que es aproximadamente una décima de segundo. Sería embarazoso. Alguno de mis amigos canadienses odia que le dé un abrazo, y cada vez que lo veo lo martirizo a conciencia.

Quizás por eso el hombre de la gasolinera sonríe y le dice a su hijo que nos dé quince dólares de cambio, en lugar de los diez que tocaban, sin que antes hayamos intercambiado una palabra. No era un error, era su forma de expresarse.

(Continúa el próximo domingo)

Partimos de Barcelona el 20 de junio de 2000 y seguimos en la ruta. Ahora estamos en Quebec, Canadá, camino de California.

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